lunes, 29 de junio de 2026

Terremoto en Venezuela, héroes, mártires, milagros, dolor y calor humano.

 Hola, amigos. Hoy no puedo concentrarme en otro tema que no sea Venezuela. Estoy en Argentina, pero mi corazón, mi alma y mi pluma están con ese pueblo. En estos momentos, ¿Cómo explicar este dolor sin contaminar un lazo tan sagrado? Escribir llorando es el mayor homenaje que puedo ofrecer, sintiendo el desgarro de saber que aún hay almas atrapadas que tal vez no puedan ser rescatadas.

Ante tanta impotencia me pregunté: ¿Cómo puedo ayudar desde la distancia? Y encontré la respuesta: estando espiritualmente con ellos, prestando mi pluma para atesorar las imágenes y anécdotas sagradas que se van publicando, para que al leernos nos unamos en una sola oración mística.

También me conmueve profundamente el accionar inmediato de los distintos países que envían su ayuda. En este crucial momento, se siente con fuerza lo unidos que estamos todos. Si el terremoto fue feroz, la respuesta humana ha sido como una caricia fraterna universal; un bálsamo que llegó sin límites para abrazar lo que las piedras lastimaron.

A continuación, les comparto estos testimonios visuales de Venezuela. Los invito a ser testigos de acciones casi sobrehumanas: milagros que desafían la lógica, héroes caninos de entrega absoluta, mártires y niños que volaron al cielo... Respiren conmigo, y que nuestros sentimientos sean llevados por ángeles hasta esas almas.


Sin palabras.💖


Tantos mártires, gracias hermanitos.💖


Tantos héroes, ellos no conocen el interés político, ni el dinero,  ni la especulación solo aman y dan su vida ¿cabe mayor cátedra? gracias, hermanito💖






Más héroes, y algunos ya dieron su vida, gracias 💖


Sin palabras, una mamá agradecida dentro de su terremoto en su corazón💖



Gracias, a todos ustedes, héroes  y ángeles💖





Para mirar de rodillas💖

Esto era un video impresionante, este perrito se tiró de un piso altísimo salvando un gatito... 


Y así, queridos hermanos, dolor, entrega, héroes, ángeles,  pérdidas mártires y por último miren esto:




Mi reflexión encontró la respuesta en este texto que les dejé aquí y, para mi anonadamiento final veo al Señor presente allí y rescatado como todos, pero resplandeciente en el amor que está demostrando la humanidad.

Dios no es una solución mágica para todos los imposibles... Al crearnos, Dios nos dejó en la lucha abierta de la libertad y de la independencia. Él respeta con un silencio sagrado las leyes autónomas de la naturaleza y la libertad humana." 


(resumen de una explicación del padre Ignacio Larrañaga en su libro Del sufrimiento a la paz.)













viernes, 26 de junio de 2026

VENEZUELA

 



VENEZUELA

Es de público conocimiento lo acontecido en Venezuela: el gran terremoto que, hasta ahora, cuenta con más de 900 muertos, miles de desaparecidos, heridos y pueblos totalmente destruidos.

Veo todos los noticieros porque, como miembro del linaje humano, me duele el sufrimiento ajeno. No soy ni quiero ser indiferente. En esta oportunidad, escuchar los testimonios me hizo llorar; y no solo a mí, sino a los mismos periodistas que los transmitían, quienes se quedaban en silencio, conmovidos, sin poder terminar la noticia.

No pude hacer más que escuchar y leer, y en medio del horror me estremeció la maravilla del ser humano desplegada en estos casos. Son destellos de luz en la oscuridad:

El joven y la abuela: Un muchacho que cuidaba a una anciana relató que, al vivirse los primeros temblores, esperó llorando y gritando junto a ella. Pero cuando la tierra se calmó, la pasó rápidamente a una silla de ruedas y le dijo: «O nos salvamos los dos, o morimos los dos». Tras la odisea de bajar los pisos en medio del caos, donde nadie les abría paso porque todos estaban en la misma situación de pánico, logró salvarse y salvarla a ella.

El último pacto de amor: La desgarradora carta de despedida de un jugador de fútbol, agradeciendo a su esposa. Cuando ocurrió el desastre, ella cubrió con su propio cuerpo a su bebita; logró salvar la vida de la pequeña, pero ella murió en el intento. Esto no solo nos quiebra el alma, sino que eleva al ser humano al sueño de Dios: que prevalezca el amor.

Los rescatistas: Hombres y mujeres jugándose la vida en cada escombro, ingresando sin garantías de salir vivos debido a las continuas y peligrosas réplicas.

Los ángeles de cuatro patas: El valor y la tremenda colaboración de los perritos rescatistas. En medio de ese infierno, los equipos no dudaron en salvar a cualquier criatura que encontraran con vida —perros, gatitos—, arriesgando su propia piel por ellos.

La dignidad del dolor: El llanto sin sonido y sin lágrimas de las personas sobrevivientes que, heridas y recostadas en la calle, contemplaban en silencio la muerte de su familia, de su casa y de sus sueños.

La mano extendida: La respuesta inmediata de la comunidad mundial, enviando ayuda humanitaria sin mirar fronteras.

Todo esto, queridos hermanos, me lleva a tomar conciencia de la grandeza del ser humano cuando se produce el estallido del amor.


viernes, 19 de junio de 2026

El volquete sagrado: un diálogo con Dios

 https://open.spotify.com/playlist/4GJly5j8ythdNViZw1ZBsz?si=32664ec2512b4648




Hoy quise visitarte, Padre. ¿Y para qué? Para usarte de volquete; sí, así nos comportamos. Fui a contarte mis penas, mis aciertos, mis imposibles, mis frustraciones... ¡mi pasado, mi presente y mi futuro! Pero todo en modo oscuro: ¡solo llorar y llorar! Y a contarte también las miserias del mundo entero. ¡Qué vergüenza usarte así! ¡Qué caradurez!

Mientras te estaba volcando todo mi basural, recordé cuando enseñabas en el templo: sin exigir, sin obligar, respetuoso de nuestra libertad hasta el infinito. Te veía caminar entre desvalidos, doctores, pastores, marginados, y me pareció escuchar tu voz diciendo: "Quien quiera oír, que oiga»."

Aquel tenebroso Martes Santo, en el templo, planearon matarte. Vos lo sabías, pero aceptaste el reto y los desenmascaraste, hasta casi con amor. Te atacaron, te agredieron, te azotaron y te condenaron... ¿Y todo por qué? Por decirle al mundo que el único camino es el amor.

Lo triste es que nada cambió, Padre; al contrario, empeoramos día a día. A veces somos cobardes como Pedro, incrédulos como Mateo, hasta traidores como Judas; pero también, con nuestras propias falencias, te adoramos como Juan. Estás solo y clavado en la cruz; como ayer y, seguro, como mañana: solo, completamente solo en el Sagrario, siempre esperando a aquellos que buscan a Dios. Vos nos hablás de amor, de confianza, de fe, y nosotros te contamos dramas y más dramas.

El Domingo de Pascua los templos se llenan y tus sagrados oídos solo escuchan pedidos; volcamos nuestros problemas en Vos. Y también los que se alejaron te echarán la culpa por todo lo que pasa en el mundo. Pocos aceptan las cruces domésticas, que son las que valen. Aspiran a cruces heroicas y muchas veces olvidan su primera misión, que es la familia.

Abro un paréntesis aquí para recordar un cuento en el que un sacerdote, agotado de recibir quejas, lamentos y culpas, comenzó a perder la fe. Hasta que un día colgó la sotana y se dirigió al crucifijo con estos reclamos: «¿Qué hiciste con el hambre en la tierra? ¿Qué hiciste con las guerras, con las enfermedades, con la delincuencia? ¿Eh? ¿Qué hiciste?».

En esa cruz se veía a Cristo traspasado y sangrando, con la cabeza inclinada y con sus ojos mirándolo. Cuando el cura se preparaba para retirarse de la religión, aquel sacerdote escuchó: «Te hice a ti».

Muchas veces olvidamos que Dios nos creó libres y entregó al hombre las llaves de la tierra (como canta el himno); por lo tanto, «somos los arquitectos de nuestro propio destino» (parafraseando al poeta). ¿Las guerras las hace Dios? ¿Acaso no nos enseñó a amarnos los unos a los otros, entregando Su vida ? Las drogas, el alcohol, el juego, el tabaco... ¿lo enseñó Dios?

No lo usemos solo de volquete; muchas veces tenemos sobrados motivos para agradecer. Por supuesto que Él quiere ayudarnos y escucharnos, y podemos hablar con Él de todo lo que queramos, pero también debemos agradecer. San Francisco se anonadó al descubrir un mundo a su alrededor que antes ignoraba.

Les dejo un cuentito que escribí para compartir una experiencia que tuve:

«Aquel amanecer»...

📝A veces me duermo tarde, casi cuando comienzan a cantar los ruiseñores. Creo que son parecidos en sus rutinas a los que nosotros, en Argentina, llamamos zorzales. Tengo entendido que el único pájaro que canta de noche es el ruiseñor, que en mi país no hay. Sin embargo, mis amigos zorzales empiezan a cantar indefectiblemente a las tres de la mañana, casi a la misma hora en que los frailes y los monjes entonan himnos de alabanza al Creador. Alguien dijo: “Amanece que no es poco”. 


Cierta noche, el insomnio fue el resultado de mis intentos de ordenar las ideas para la intensa actividad apostólica que realizaba; entonces recordé esa frase, dado que eran las cuatro y treinta de la mañana y aún no había podido dormir. Dios, como siempre, deslumbra, y agradezco mi desvelo porque tuve el privilegio de presenciar algo grandioso.


Los zorzales parecían haberse dado cita en los cuatro puntos cardinales, realmente anunciaban “maitines”. En ese entonces, vivía en una casa que tenía una piecita en la terraza a la que yo llamaba “mi Carmelo”; allí había instalado una camita, una pequeña mesa donde escribía, una silla, un mueble de caña que hacía de biblioteca, otra biblioteca muy viejita, un ropero antiguo donde guardaba solo mis papeles y un mueble más pequeño para mi ropa. Había colocado la mesita frente a la ventana donde podía ver las copas de los árboles y algunos edificios muy altos, aunque en mi pueblito no abundaban. Generalmente, mis perritos y mi gato subían para estar conmigo; realmente era mi pequeño paraíso.


Saliendo de la pieza había una terracita techada que hacía de pequeño patio, allí había colocado unos sillones de hierro muy viejitos y desbordaba de plantas: muchos malvones, helechos colgantes, azaleas y, como es mi costumbre, tenía un jazmín de flores celestes que amo y nunca me falta allí donde me toque vivir. Había crecido casi como un árbol en un macetón y un pícaro matrimonio de colibríes se había instalado allí y permanecían escondidos siempre; a un costado, tres escalones llevaban a la terraza grande.


Como dije, esa noche no podía dormir. Los zorzales entonaban sus más solemnes gorjeos, unos empezaban y luego callaban, entonces otros ubicados frente a ellos contestaban. Aún era de noche, las melodías de aquellas aves parecían los cantos gregorianos que los monjes entonaban a dos coros. Era algo 9 hecho de prestar nada más que un poco de atención, nunca tenía tiempo para observarlos. Y realmente es tan maravillosa la Creación que si nos tomamos de tanto en tanto espacios para contemplarla, parece que Dios nos habla a través de sus criaturas. Además, tenemos tanto que aprender de los animalitos que nos perdemos esas cátedras por estar enroscados en nosotros mismos.


A medida que amanecía, se iban sumando las actividades de otras aves. Los pájaros hacían tal bochinche, que salí para mirarlos, porque parecía verdaderamente como un tráfico en la calle. Cuando me asomé, me increparon los colibríes, me advirtieron que no me acercara a su nido y que no querían ser interrumpidos en su alabanza matutina al Creador, me enfrentaron de una manera bastante fea; ¡tan chiquititos! En cámara lenta entré a mi cuarto y me quedé quieta y en silencio, comprendí a todos y traté de no contaminar ese celestial coloquio. Me senté frente a la ventana y observé el regalo que esa mañana Dios me obsequiaba, solo contemplé.


Zorzales, gorriones, tacuaritas, calandrias y ¡hasta loritos! Los colibríes estaban también en esta actividad. Como dije, en mi pueblito los edificios altos eran muy pocos y estaban en el centro. De manera que desde mi terraza veía muy bien el espacio aéreo que tenía frente a mi ventana. Todos volaban de un lado a otro, las sendas que dibujaban en lo alto eran distintas a nuestras calles y caminos. ¡Tanto apuro! ¿Por qué corrían de esa manera? Preparando sus nidos, buscando alimento, atendiendo a sus pichones, todo eso a toda velocidad. Creaban un tráfico intenso. Unos se metían en la terracita y tomaban semillas de mis plantas, otros pasaban volando con pajitas en sus picos. Los loros pasaban rápido y hablando entre ellos. Como magistralmente lo entendió el poeta, lo tomo de él para repetirlo: “Parecían ir gritando: «creo, creo, creo»”. Un poco más alejadas, había palomas que observaban todo y estaban muy quietas y en silencio; eran mis treinta amigas que más tarde se acercarían a recibir el desayuno que les ofrecía todas las mañanas. Muchos se perdían en el follaje de los árboles llevando alimento a sus pichones en sus nidos. Mientras tanto, esos pichoncitos sumaban sus sonidos al coro, pidiendo así el alimento a sus padres. Hasta ahí, parecía una orquesta donde todos los músicos probaban y ensayaban sus obras antes de comenzar la función. Tal cual.


Ante ese espectáculo, Dios me llevó a la siguiente reflexión: pensé entonces que el planeta es de todos y estos hermanos son tan dueños de él como los humanos, entonces, ¿por qué el ser humano mata por placer a tantas aves? No entiendo a los cazadores. En realidad, cuando se caza por necesidad sí estamos dentro del plan de Dios, pero cuando se hace por deporte o entretenimiento… ¿Cuál es el derecho? O mejor dicho, ¿puede el derecho permitir matar por hobby? ¿No es incompatible?  Muchas veces cuido de no pisar hormiguitas porque, generalmente, están trabajando o buscando su sustento. Es cierto que el Altísimo le dio al hombre las llaves de la tierra, pero no por eso tiene permiso para matar por placer y ejercer daño a Su Creación; porque de Dios solo emana el Bien, el himno dice: “que Dios no se arrepienta de haberle dado al hombre las llaves de la tierra”. En ese amanecer medité muchísimo y pensé en la Creación que esa madrugada parecía hablarme. Estaba recibiendo pedagogía divina.


De pronto, solo quedó un maravilloso coro y lentamente fueron callando los otros sonidos. Iba desapareciendo también el ruidoso tráfico y cada uno se retiró hacia su nido o a volar por allí, pero todo se acomodaba nuevamente.


Mientras tanto, en lo alto y muy escondidos, cantaban los solistas y un coro les  contestaba a los que permanecían invisibles a mis ojos, eran los que cantaban solos y en ramas muy altas. Parecían realmente letanías. Los árboles acompañaban con un suave movimiento producido por la brisa matinal, parecía un original ballet o, quizás, ¿sería la propia música inaccesible para nosotros? Dios me llevó a recordar el vaivén de las olas que también lo alaban de esa forma. Tímidamente, asomaba la aurora sumando sus primeros rayos a todo ese maravilloso mundo, preparando el camino para el hermano sol que ya despertaba aportando su calor y tiñendo delicadamente la copa de los árboles. Presenciaba una verdadera comunión.


Frente a ese maravilloso cuadro, tomé mi rosario; no es mi amuleto, sino mi compañero porque a través de rezarlo contemplo el amor de Dios. Pero no recé,  solo adoré y me dejé envolver por Dios. Agradecí por ese amanecer, sobre todo por haberme casi obligado a contemplarlo, fue una clase magistral que recibí de las aves; su incansable trabajo por mantener a sus familias y por construirles un hogar, por alabar a Dios con sus cantos, por brindarnos toda su cálida y musical compañía y les pedí perdón por ignorarlos casi siempre.


Un fuerte aleteo me distrajo, eran mis hermanitas palomas que, como todos los días, llegaban y se acomodaban en sus lugares esperando el desayuno; pacientemente esperaron a que yo terminara mi descanso y noté que se habían sumado otras. ¡Cada vez eran más!


Miraban dentro de la pieza y las más osadas casi entran, entonces me preparé para empezar mi día, sonriendo y agradeciendo a Dios. Quedé envuelta en el amor de Dios y la maravilla de su Creación que me rodeaba, mientras las palomitas me  cantaban todas juntas su “rucucu cucu”. Gracias, Dios mío.


¡Hasta la próxima!




domingo, 14 de junio de 2026

¿Qué hago con mis penas?

 


  Hola amigos y amigas, aquí estoy en mi claustro escribiendo, soñando. Antes que nada, quiero reiterar algo, por favor, escuchen o, mejor dicho, lean lo siguiente: no escribo como psicóloga, ni como filósofa, ni como experta en letras. Aspiro a que cuando me estén leyendo les llegue mi onda fraterna, porque a eso aspiro: a resonar como una hermana que no hace diferencias ni de credos, ni de razas, ni de posición social. Escribo como lo siento, como una hermana en un planeta en el que aprendí que, por mi fe y formación, entiendo que todos somos hermanos.

Dicho esto, aquí les cuento en qué estoy hoy. Primero pensé en un título y salió este: «¿Qué hago con mis penas?».

Y esta sola pregunta me sumergió en un océano de subtemas que no me llevan a hacer un análisis de mis penas, porque aprendí a observar el dolor desde afuera y sentirlo también hermano —como me enseñó Francisco de Asís—, sino que sobrevoló para enfocarlo desde otro ángulo. Ensayé esta pregunta para ver qué me respondía yo misma, ¿se entiende?: «¿Dónde está y qué es la felicidad?».

Escudriñar esto parece dramático, ¿verdad? Pero, como todo lo que escribo, al final surge algo de humor, ya que no escribo sola, sino con todos los personajes que intervienen. Y no quiero tampoco entrar en ensayar recetas psicológicas, que no es lo mío. Me estoy analizando yo misma y lo primero que me vino a la mente, mientras saboreaba mi té con limón vespertino, fue preguntarme dónde empezó esta pregunta sobre la felicidad en mi vida. Y quiero compartirlo con ustedes.

Viajando a mi infancia, y como los cables me quedaron muy cruzados, dos ilustres escritores vinieron a mi memoria.

Gustavo Adolfo Bécquer, más o menos a los diez años. Cuando estuve encerrada en un oscuro cuarto de máquinas (por qué estaba allí lo cuento en mi libro Testimonio), leí una poesía que arrastré durante toda mi vida, es decir, la guardé en mi cofre de tesoros dentro de mi alma. Esa poesía ya me adelantó la respuesta a la pregunta sobre la felicidad. ¿Por qué? Cuando leí «podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía», «mientras haya primavera habrá poesía», «mientras la ciencia no alcance a descubrir la fuente de la vida, habrá poesía»... Siempre que recuerdo esta poesía (inclusive en este momento), un suspiro largo emigra de mí, como respuesta de la felicidad que siente mi alma.

Mi infancia no fue fácil, pero no viene al caso; rodeada de dramas severos a esa edad, esa poesía me hacía suspirar y elevarme sobre el caos. ¡Descubrí y me dije: «¡Soy feliz!»! Sin juguetes costosos, sin paz en mi hogar, con dramas familiares, así y todo yo volaba en el cielo de Bécquer y entonces mi alma entendió que no es lo material lo que tiene poder para brindar felicidad. O tal vez sí, no sé, quizás; pero entonces, al cubrir algo con lo material, el resultado es una alegría o llámese felicidad pasajera, ante la cual, inmediatamente cubierta esa necesidad, surge el mismo y eterno lamento: ¿Cómo ser feliz? Yo no pasaba por ese tamiz, porque mi estado feliz era permanente.

Ya adulta, un día comencé a leer El Aleph de Jorge Luis Borges, y no podía avanzar porque cada término, cada frase que escribe Borges, lo siento como lo más parecido al infinito que él descubrió en un sótano. Y así me encuentro de frente con Borges, saboreando cada una de sus palabras como si fuera miel en mis labios; un escritor cuya pluma parece que no fuera humana, es como si estuviese escribiendo en una dimensión inalcanzable para nuestro entendimiento. Me traspasó el alma y me invadió ese esquivo sentimiento que llamamos felicidad, y yo le agregaría «plena», lo mismo que me sucedió en la infancia. Comprendí que pude estar en los sótanos de nuestro mundo interior, pero si buceaba, encontraría siempre la felicidad en ese castillo interior que es nuestra alma.

Luego, cuando entro en la orden franciscana, encuentro otra perla, otro relámpago que ilumina mi camino. Lo que me conmociona de Francisco de Asís es lo que ven sus ojos cuando contempla la creación entera como el tesoro más grande con el que contamos; lo canta en un himno y estremece.

¿A qué viene esto? No sé. Es que al hablar de alegría, pero no de aquella que dibuja sonrisas, sino de una interna que no se ve, que no tiene conexión con los sentidos y que existe ahí dentro nuestro, descubrirla causa no solo felicidad y alegría, sino que la paz lo envuelve todo.

Resumiendo:

  • En mi infancia encontré la respuesta encerrada en un oscuro cuarto de máquinas leyendo a Bécquer.

  • De grande encontré en los ojos de Borges su capacidad de ver el infinito aún en un sótano oscuro.

  • Luego encontré la respuesta mirando a través de los ojos de Francisco.

  • En las parábolas del Reino del cielo, me produjo un estremecimiento total la parábola de la perla preciosa.

  • Me acostumbré a contemplar lo que nos rodea y muchas veces mi felicidad se convierte en lágrimas de agradecimiento.

  • Por último, cuando miro por los ojitos de mis amigos animales, todo está bien: hasta la muerte la esperan con honor y Francisco la llama hermana.

¿Acaso eso no es felicidad? ¿Ese estado en que los problemas humanos permanecen a la espera de nuestro cerebral y tranquilo discernimiento para que, en ese imperturbable estado, les busquemos una solución?

Para terminar, les cuento una anécdota de mi vida de cuando servía a Dios desde una tarea de promoción humana con hermanitos indigentes. Los atendía acompañada de una buena merienda y abasteciendo sus pedidos de alimentos y ropa. Lo que más me gustaba era charlar con ellos, intercambiar espíritu; primero les leía algo y luego cada uno opinaba, pero mi pregunta favorita fue siempre: «¿Qué pensás de Dios?» o «¿Qué le pedirías a Dios?», etcétera.

Una respuesta que guardo en mi corazón, que cuando la escuché me produjo un estremecimiento, fue la siguiente (le pregunté a un hermano, un señor mayor, que me hable de Dios, porque estos hermanos quieren hablar, necesitan hablar y tienen tesoros en su interior) y esta fue su respuesta:

—Mire, doña, no tengo nada más que pedirle a Dios porque me ha dado la vivienda más grande y soy feliz porque mi techo es el cielo, el reino de Dios.

Este hermano dormía en la calle, no tenía vivienda.

¡Hasta la próxima!



https://open.spotify.com/intl-es/track/1NBK2h7QtwLXVaw3sLDmFd?si=2d2255c281a446da

jueves, 11 de junio de 2026

Leyes, naturaleza y letras: Bienvenidos a mi mundo

Hola, queridos lectores. Soy Ana, pero mis conocidos me han bautizado Anita (será por mi escasa estatura) y, de verdad, llamándome así me hacen muy feliz. Hoy me quiero presentar oficialmente y contarles mi estado actual como escritora.

No estudié Letras; me formé en la carrera de Derecho. Bajo esa instrucción, Dios me permitió escalar los diferentes peldaños hacia la justicia. Les quiero contar que, al obedecer a mi inquietud por llegar a la cima, encontré la perla preciosa o el tesoro oculto del que habla Jesús en Sus parábolas. Pensé que me iba a encontrar con la justicia; sin embargo, me encontré con Dios. Pensé encontrar la verdad, y me encontré con Dios. Pensé, finalmente, encontrar el Derecho, y me encontré con Dios.

Comprendí que al querer estudiar e indagar el derecho más alto, es decir, en su máxima expresión, la única ruta conduce al Reino de Dios. Y en la respuesta a mi incansable búsqueda, Él me esperaba con el resumen de toda la carrera: me presentó al derecho desnudo, totalmente despojado de doctrinas, tratados y teorías. Dios me entregó en esa cima el verdadero significado de la justicia: Haz por los demás lo que quieres que hagan contigo.

Bueno, hasta aquí una síntesis sobre mi concepto del Derecho. Pero, además, soy terciaria franciscana. Entre las leyes, mi fe  y la formación franciscana, el resultado fue una increíble comunión con la naturaleza. Siento a los habitantes del reino animal, a las plantas y a las flores como verdaderos hermanos en la creación.

Por eso, cuando comienzo a escribir y quiero referirme a un tema específico, si hay una flor, una planta o un animalito cerca, créanme que toman la pluma a mi lado. Aunque a veces se me revelan y surgen las protestas, como sucede en el fragmento del cuento que les comparto renglones abajo.

Fusionando mis valores, con las maravillosas características de estos hermanos, se marcó mi estilo: el realismo mágico y la ficción de sanación para adultos. En base a todo lo expuesto, hoy quiero compartir con ustedes —para que conozcan mi prosa— un fragmento de uno de los cuentos que publicaré dentro de un par de meses junto con la colección a la que pertenece. ¡Bienvenidos a mi mundo!»


LA REBELIÓN DE LOS PERSONAJES

(fragmento)

Ana tomaba su té con limón frente a su archivo, un ritual de todas las tardes. Tiernamente recordaba a los personajes de cada cuento; le causaba tanta risa repasar las travesuras de Gustavo, el gusanito revoltoso, que estuvo a punto de ahogarse con el té. Se acordó de Rosalinda, la gatita con su patineta convertida en un Fórmula 1; de Tomás, el canario sabandija cauterizado por Loquillo, la alondra del Medioevo que, sin embargo, no es tan alondra... Y así recorrió cuento por cuento con la satisfacción de una verdadera madre. Repasó todos los libros y luego, como todos los lunes, se dispuso a estudiar nuevas técnicas de escritura.

Pero la tarde se complicó cuando, de pronto, los libros comenzaron a saltar en la biblioteca. Al mirar los estantes, vio cómo, misteriosa y rápidamente, un catalejo se metía dentro de los volúmenes.

—¡Por Dios! ¿Qué es esto? ¿Acaso alguien me está espiando? Pero ¿qué pasa? ¿Por qué saltan todos mi libros? ¿Qué pasará? ¡Eh! ¿Qué hacés fuera del libro, Gustavito? ¡Cuidado! No te asomes tanto que te podés lastimar.

Gustavo, el gusano, estaba con medio cuerpo afuera y medio adentro del libro; en una palabra: ¡colgaba! Y por su tamaño, no llegaba a ningún lado. Quedó muy alto, en una peligrosa postura. Un catalejo rodó desde el anillado y Ana vio cómo Rosalinda apareció como un soplo con su patineta, tomó el instrumento y desapareció. Ana no entendió esa parte.

Gustavo, tomando fuerza con cierta dificultad, explicó la situación:

—Es que quiero hablar con vos, Ana.

—Pero quedate dentro del libro, hombre.

—Digamos que tanto como hombre no me siento… bueno.

—Contame, Gus, ¿ahora qué les pasa? ¿Qué se traen, hermanitos? ¿Por qué hay un revoltijo en los libros? La biblioteca tiembla y mi teclado está extraño. ¿Qué se traen?

Gustavo seguía colgado y enredado en el anillado. Mientras Ana lo ayudaba a desatarse, él confesó:

—Esta vez está bravo, Ana. Lo siento... este… —Luego de pensar qué palabras usar, casi gritó—: ¡¡¡Piquetes!!!

—¿Qué? ¿Por qué, sabandija? ¿Otra vez con los piquetes?

—Por nuestros derechos —respondió Gustavo, levantando bien alta la cabeza.

—¿Qué? ¿Pero qué pasa con sus derechos?

Se abrió otra página del libro. Ana miró, pero no salió nadie; solo se movían las hojas.

—Que nos enteramos de que los lunes estás recibiendo clases para pulir tu escritura y querés “ordenarte y organizarte”, y decidir la trama y los finales vos sola.

—¿No se supone que eso es lo que hago, hermanito?

—No, señora. Nos das libertad y nosotros enfocamos el camino.

—¡Ah! Conque ¿esas tenemos, no? Recién me entero de que no hago nada. ¿Me van a hacer juicio?

Ana se rascaba la cabeza y no dejaba de mirar las hojas del cuaderno, que cada vez saltaban más.

—Bueno, yo te avisé que aquí no habrá conciliación. Tanto como juicio no, solo una reprimenda.

—¿Qué piensan hacer, revoltosos?

—Ahora preparamos una asamblea y tenemos un orador: será Tomás.

—¡Ah! ¡Tomás! Debí haberlo imaginado. Ese canarito es un revoltoso como vos. Y ya... ¡basta, Gustavito! Inmediatamente quiero hablar con Loquillo.

—Imposible, señora; le aplicamos las primeras medidas de fuerza. Está en una mazmorra de papel.

—¡Me quiero morir! ¡Están del tomate! Entonces, llamame al Abad.

—Imposible, señora; está cumpliendo su condena.

Ana abrió grande los ojos y preguntó, casi remarcando cada sílaba:

—¿Qué le hicieron al Abad?

—Tiene abrochada su hoja y no podrá salir. Está en la mazmorra por jetón.

—¡Ah, no, mijito! ¡Basta, voy a proceder ya mismo!

Ana se sentó en su escritorio y, cuando iba a empezar a escribir, de las hojas que tanto se movían saltó Tomás. Ella, al verlo, corrió hacia la puerta gritando:

—¡No jueguen con armas! ¡No me amenacen! ¡Desaparezcan o empiezo a gritar! ¡Ustedes no van a arruinar mis libros! ¡Tomás, guardá inmediatamente esa arma!

Tomás obedeció; guardó la espuma de carnaval que temblaba en sus manos. Ana se limpió la frente y se sentó con la respiración agitada:

—¡Uff! Chicos, saquen esa arma de mi escritorio. ¿Les parece que merezco esto?

Tomás y Gustavo bajaron sus cabecitas.

—No hay retorno, hermana, y perdonanos; pero los derechos los debemos defender, además son constitucionales.

—Sí, ya lo sé —dijo Ana—, pero no se procede así. Además, que defiendan la constitución que juntos escribimos en el bosque es muy loable, pero así, con armas peligrosas, no. La violencia nunca debe ser una opción. Y vos, Gustavo, ¿qué estás escondiendo en tu bolsillo?

Gustavo se negó a mostrarle, pero Ana se acercó, suavemente metió mano en uno de sus bolsillos y exclamó:

—¡Más armas, Dios mío! —Y le quitó un pomo de agua de carnaval.

Los dos rebeldes quedaron con la cabeza metida en el pecho y sin hablar. ¡Había que imaginar la rojez del rostro de Tomás bajo sus plumas! Ana los observó con los brazos cruzados un rato largo, en silencio; luego les explicó:

—Muy bien, revoltosos, tomen asiento; pero antes vamos a liberar al Abad y a Loquillo. Luego ya pueden ir convocando a una gran asamblea y elijan ustedes el lugar.

Dicho eso, fue al libro de Anastasia a liberar al Abad, mientras Tomás liberaba a Loquillo. En eso, Gustavo, que se había quitado su capelina y colocado un casco de guerra fabricado…

con una cascarita de nuez, le impidió el paso. Ana corrió a su escritorio y exclamó:

—¡Ah, no! ¿Quieren guerra? ¡Traigo mi arma! —y desapareció.

En un segundo apareció con una gorra de ducha, remera camuflada y con un Liquid Paper amenazante:

—¡VADE RETRO! ¡SALVAJES!

Al verla, Tomás y Gustavo corrieron a meterse en el libro gritando y llevándose todo por delante, hasta que quedaron enganchados en el anillado.

—¡Ay, no, Anita, no! ¡Eso no! ¡Vos no sos así! ¡Perdón, guardá o tirá eso! Llegaremos a una solución, ¿sí?

—Correcto. Entonces llamen a Stefanía, que actuará como mediadora —respondió Ana, sacándose el gorro de baño que se había puesto, y los desenganchó con suma delicadeza del anillado.

—Sí, pero antes tirá ese Liquid Paper, por favor —rogó Tomás.

—Sí, señor revoltoso, y usted tire inmediatamente su arma.

Apareció Tomás con una bandera blanca agitándola y, con un pito, anunciaba una pausa en la guerra. Ana tiró a la basura su arma. Le acomodó la capelina a Gustavo y peinó a Tomás, quien luego se posó en la cabeza de Ana.

—Entonces, señores, no los voy a sancionar; pero, como penitencia, armen ustedes un lugar para la gran asamblea y busquen a Stefanía, ¿ok? Pero quiero que estén todos, pero todos.

—Sí, generala querida —dijeron los dos en voz alta y, haciendo la venia, desaparecieron.

Ana, para su seguridad, metió la cabeza en la página de los rebeldes para vigilarlos.

Ella no perdió tiempo; se sentó a escribir lo siguiente:

“Los siguientes personajes deben presentarse de inmediato en la hoja en blanco que adjunto a la presente. A continuación, envío la lista de los nombres de los que deberán presentarse:

Stefanía, del cuento  Stefanía en el campo de los locos.

 Anastasia, de la novela Anastasia. 

El Abad, de la misma novela.

 Loquillo, del libro El regreso de las almas perdidas.

Los convocados tienen permiso, por única vez, para emigrar de sus libros y participar como mediadores en la gran asamblea: “Mapa versus Brújula”.»

Ana era observada por Tomás, que desde un libro en un anillado muy escondido leía con un catalejo lo que ella escribía, ayudado por sus amigos y vestido de pirata.

—Bájenme pronto antes de que me vea —dijo a los que le sostenían la escalera (formada por pequeñas gomas de borrar), que eran Gustavo y Rosalinda.

—¿Qué descubriste?

—Se están organizando, nos van a pasar por arriba. ¿Saben a quiénes llamó?

—¿A quiénes? —preguntó Rosalinda.

—Al Abad, a Loquillo, a Anastasia y a Stefanía.

—¡Ay, por Dios, los líderes y propios protagonistas de los libros! ¡Nos van a barrer! Vamos a prepararnos —exclamó Rosalinda.

—Sí, sí, vamos —dijo Gustavo—. Esperen, les cuento algo: me da mucha vergüenza, pero tengo hambre y junto a Ana hay unas apetecibles galletas. ¿Y si…?

—¿Vos decís robar? ¡Eso no hacemos! —gritó Rosalinda.

—No diría robar, pero…

—Te entiendo, y mirá: saqué una caña de pescar de un cuento y podríamos salir a pescar por deporte; a eso no lo llamaría robo.

—Tenés razón, Gus. Rosalinda, ¿qué opinás?

—¡Secuaces, los acompaño porque tengo hambre y en vez de pupilas tengo dos galletitas en mis ojos!

Se armaron de la caña y dijo Gus:

—Dejame a mí...


¡ALERTA DE REBELIÓN!

Les presento oficialmente a los piqueteros de mi historia: Gustavo el gusanito, Rosalinda la gatita (con su patineta siempre lista) y Tomás el canarito. Ellos son los personajes que organizaron la protesta y se me plantaron en la página.

Mírenlos bien, armados hasta los dientes con espumas de algodón y cascos de combate. Parecen villanos de película, pero solo reclaman lo que es suyo. Pasen y lean cómo se armó esta revolución de tinta...»

¡Hasta la próxima!

La charla del atardecer

Escucha la música aquí y que disfrutes esta historia. Clic aquí ¡Hola, queridos amigos, aquí les comparto un cuento mío sobre el ocaso! Me s...