Hoy vuelvo a mis pagos espirituales y quiero recordar a mi amado formador: el Poverello, el "Loco de Asís", nuestro hermano San Francisco.
Me cautiva. Cada vez que me sumerjo en su historia, me embelesa y me transporta en un viaje directo al amor infinito de Dios. Cuando eso sucede, diría el padre Larrañaga: "La garganta queda muda porque el espacio es ocupado por el Infinito". Mirando la realidad social desde el franciscanismo, me permití escribir esta reflexión.
Francisco pasó de ser un joven descarriado que buscaba soluciones en la guerra —llegando incluso a ser encarcelado— a convertirse en un fraile contemplativo, un gigante místico, poeta y embajador de la fraternidad. Se transformó en el Hermano por excelencia; aquel que ama tanto a la naturaleza que ella termina amándolo a él.
¿Qué le pasó a Francisco? Dios lo llamó y él respondió, convirtiendo su vida de tal manera que lo llamaron "Espejo de Cristo". Voy a intentar entrar en su espíritu descalza y de rodillas, porque su altar interior lo ocupa enteramente el amor de Dios. Él ha hecho morada en su espíritu y en su pluma.
Francisco, al convertirse —proceso que, aclaro, llevó años—, descubre que toda la naturaleza es su hermana. Exultante, canta y predica, anonadado ante la Creación entera. Le canta con su pluma y con su voz hasta sus últimos minutos, agradeciendo a Dios incluso por la "hermana muerte".
Quiero rescatar su amor por las fieras y aquella leyenda sobre el lobo que asustaba a Gubbio. En ese relato, la historia se hace leyenda y la leyenda historia. Muchos poetas se han inspirado en este diálogo; uno de ellos imagina a Francisco preguntando: “¿Por qué te volviste lobo? ¿Tal vez no te supe amar?”.
Al ver cómo Francisco cuestionaba toda su conducta anterior, no puedo evitar una profunda reflexión. Las preguntas se atropellan en mi mente: ¿Por qué nos enredamos en los problemas cotidianos sin encontrar salida, si frente a nuestros ojos tenemos los tesoros que Dios ha puesto a nuestra disposición?
Hace poquito los invité a una "travesía mar adentro". Hoy, los invito a observar a nuestros hermanos animales y ver qué nos enseñan. Hermanos, ¿por qué no sentarnos a recibir las clases magistrales que ellos nos brindan gratuitamente? Francisco entendió que la mano del Creador está presente hasta en el más pequeño gusanito.
Hoy, la humanidad atraviesa tiempos de conflicto donde los más jóvenes suelen ser las principales víctimas. ¿Quieren recibir estas lecciones? ¡Vamos por ellas!
¿Te pesa la vida, el trabajo o el cansancio? Contemplemos la laboriosidad de las hormigas. Cuando llevan un peso superior a sus fuerzas y la carga se les cae, frenan, la acomodan y continúan. Eso se llama paciencia. O miremos la tenacidad de las abejas y las arañas.
Nos conmocionamos ante las noticias de maltrato infantil, como aquel niño de cuatro años víctima de la violencia. ¿Cómo podemos ser indiferentes al esmero con que cuidan a sus crías los elefantes, orangutanes o pingüinos? Casi toda la familia animal nos da cátedra de protección.
¿Escuchan discusiones de pareja frente a los hijos? Observen a los horneritos. Macho y hembra construyen uno de los nidos más impactantes de la naturaleza. Ponen el bienestar de sus pichones por delante; son dos siendo uno solo por el bien de la familia, sin reproches ni escándalos.
¿Te fijaste cómo el caballo trabaja con plena fidelidad? A pesar de que a veces se lo explota o maltrata, él jamás le devolvería ese daño a su dueño.
Sobre el matrimonio, que es una construcción diaria, ¿Qué me dicen de la monogamia de los lobos? Son fieles a su pareja hasta la muerte. Hay mucho que observar allí.
Sobre no responder a la violencia con más violencia, ¿no les asombra el vuelo del águila? Cuando los cuervos la atacan, ella no confronta: simplemente vuela más alto, donde ellos no pueden llegar.
En fin, entre tantas oscuridades y dramas que escuchamos en las noticias, ¿por qué no sentarnos frente a un atardecer a escuchar qué nos dice el sol? ¿O frente a una rosa, un arroyo o el vuelo de las lechuzas bajo las estrellas?
¡Cuántas cosas nos perdemos! A veces nos importa más el celular que notar un gajito nuevo en una planta del jardín. ¿No sería ideal salir con nuestros hijos a contemplar y jugar a descubrir qué nos dice el ciprés o las estrellas? Contarles lecciones de la naturaleza, usar leyendas y juegos.
Pienso en la soledad de nuestra juventud cuando en casa solo hay silencio o discusiones por lo material, con cada integrante sumergido en su pantalla. ¿Somos conscientes de cómo dejamos pasar las maravillas de Dios por nuestra indiferencia?
Francisco de Asís observó este mundo durante años y el resultado fue ese himno de amor: el Cántico de las criaturas. Los invito a disfrutar algunos fragmentos de esa maravillosa obra...
Del Cántico de las criaturas
Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente por el hermano sol, por quién nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor, de Ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado, luminosas y preciosas y bellas.
Alabado seas mi Señor, por aquellos que,
perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que sufren en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.
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