domingo, 14 de junio de 2026

¿Qué hago con mis penas?

 


  Hola amigos y amigas, aquí estoy en mi claustro escribiendo, soñando. Antes que nada, quiero reiterar algo, por favor, escuchen o, mejor dicho, lean lo siguiente: no escribo como psicóloga, ni como filósofa, ni como experta en letras. Aspiro a que cuando me estén leyendo les llegue mi onda fraterna, porque a eso aspiro: a resonar como una hermana que no hace diferencias ni de credos, ni de razas, ni de posición social. Escribo como lo siento, como una hermana en un planeta en el que aprendí que, por mi fe y formación, todos somos hermanos.

Dicho esto, aquí les cuento en qué estoy hoy. Primero pensé en un título y salió este: «¿Qué hago con mis penas?».

Y esta sola pregunta me sumergió en un océano de subtemas que no me llevan a hacer un análisis de mis penas, porque aprendí a observar el dolor desde afuera y sentirlo también hermano —como me enseñó Francisco de Asís—, sino que sobrevoló para enfocarlo desde otro ángulo. Ensayé esta pregunta para ver qué me respondía yo misma, ¿se entiende?: «¿Dónde está y qué es la felicidad?».

Escudriñar esto parece dramático, ¿verdad? Pero, como todo lo que escribo, al final surge algo de humor, ya que no escribo sola, sino con todos los personajes que intervienen. Y no quiero tampoco entrar en ensayar recetas psicológicas, que no es lo mío. Me estoy analizando yo misma y lo primero que me vino a la mente, mientras saboreaba mi té con limón vespertino, fue preguntarme dónde empezó esta pregunta sobre la felicidad en mi vida. Y quiero compartirlo con ustedes.

Viajando a mi infancia, y como los cables me quedaron muy cruzados, dos ilustres escritores vinieron a mi memoria.

Gustavo Adolfo Bécquer, más o menos a los diez años. Cuando estuve encerrada en un oscuro cuarto de máquinas (por qué estaba allí lo cuento en mi libro Testimonio), leí una poesía que arrastré durante toda mi vida, es decir, la guardé en mi cofre de tesoros dentro de mi alma. Esa poesía ya me adelantó la respuesta a la pregunta sobre la felicidad. ¿Por qué? Cuando leí «podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía», «mientras haya primavera habrá poesía», «mientras la ciencia no alcance a descubrir la fuente de la vida, habrá poesía»... Siempre que recuerdo esta poesía (inclusive en este momento), un suspiro largo emigra de mí, como respuesta de la felicidad que siente mi alma.

Mi infancia no fue fácil, pero no viene al caso; rodeada de dramas severos a esa edad, esa poesía me hacía suspirar y elevarme sobre el caos. ¡Descubrí y me dije: «¡Soy feliz!»! Sin juguetes costosos, sin paz en mi hogar, con dramas familiares, así y todo yo volaba en el cielo de Bécquer y entonces mi alma entendió que no es lo material lo que tiene poder para brindar felicidad. O tal vez sí, no sé, quizás; pero entonces, al cubrir algo con lo material, el resultado es una alegría o llámese felicidad pasajera, ante la cual, inmediatamente cubierta esa necesidad, surge el mismo y eterno lamento: ¿Cómo ser feliz? Yo no pasaba por ese tamiz, porque mi estado feliz era permanente.

Ya adulta, un día comencé a leer El Aleph de Jorge Luis Borges, y no podía avanzar porque cada término, cada frase que escribe Borges, lo siento como lo más parecido al infinito que él descubrió en un sótano. Y así me encuentro de frente con Borges, saboreando cada una de sus palabras como si fuera miel en mis labios; un escritor cuya pluma parece que no fuera humana, es como si estuviese escribiendo en una dimensión inalcanzable para nuestro entendimiento. Me traspasó el alma y me invadió ese esquivo sentimiento que llamamos felicidad, y yo le agregaría «plena», lo mismo que me sucedió en la infancia. Comprendí que pude estar en los sótanos de nuestro mundo interior, pero si buceaba, encontraría siempre la felicidad en ese castillo interior que es nuestra alma.

Luego, cuando entro en la orden franciscana, encuentro otra perla, otro relámpago que ilumina mi camino. Lo que me conmociona de Francisco de Asís es lo que ven sus ojos cuando contempla la creación entera como el tesoro más grande con el que contamos; lo canta en un himno y estremece.

¿A qué viene esto? No sé. Es que al hablar de alegría, pero no de aquella que dibuja sonrisas, sino de una interna que no se ve, que no tiene conexión con los sentidos y que existe ahí dentro nuestro, descubrirla causa no solo felicidad y alegría, sino que la paz lo envuelve todo.

Resumiendo:

  • En mi infancia encontré la respuesta encerrada en un oscuro cuarto de máquinas leyendo a Bécquer.

  • De grande encontré en los ojos de Borges su capacidad de ver el infinito aún en un sótano oscuro.

  • Luego encontré la respuesta mirando a través de los ojos de Francisco.

  • En las parábolas del Reino del cielo, me produjo un estremecimiento total la parábola de la perla preciosa.

  • Me acostumbré a contemplar lo que nos rodea y muchas veces mi felicidad se convierte en lágrimas de agradecimiento.

  • Por último, cuando miro por los ojitos de mis amigos animales, todo está bien: hasta la muerte la esperan con honor y Francisco la llama hermana.

¿Acaso eso no es felicidad? ¿Ese estado en que los problemas humanos permanecen a la espera de nuestro cerebral y tranquilo discernimiento para que, en ese imperturbable estado, les busquemos una solución?

Para terminar, les cuento una anécdota de mi vida de cuando servía a Dios desde una tarea de promoción humana con hermanitos indigentes. Los atendía acompañada de una buena merienda y abasteciendo sus pedidos de alimentos y ropa. Lo que más me gustaba era charlar con ellos, intercambiar espíritu; primero les leía algo y luego cada uno opinaba, pero mi pregunta favorita fue siempre: «¿Qué pensás de Dios?» o «¿Qué le pedirías a Dios?», etcétera.

Una respuesta que guardo en mi corazón, que cuando la escuché me produjo un estremecimiento, fue la siguiente (le pregunté a un hermano, un señor mayor, que me hable de Dios, porque estos hermanos quieren hablar, necesitan hablar y tienen tesoros en su interior) y esta fue su respuesta:

—Mire, doña, no tengo nada más que pedirle a Dios porque me ha dado la vivienda más grande y soy feliz porque mi techo es el cielo, el reino de Dios.

Este hermano dormía en la calle, no tenía vivienda.

¡Hasta la próxima!



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