¡Hola, queridos amigos, aquí les comparto un cuento mío sobre el ocaso!
Me saqué los lentes até mi cabello y fui a la cocina. Tomé un buen vaso de agua y salí al patio; inspiré largo y expiré, y lo repetí tres veces. Luego fui a mi rincón: una especie de oratorio que me había construido con un banco de plaza bajo un árbol de paltas. Allí oraba, lloraba, soñaba y, muchas veces, dormía una siesta.
Esa tarde algo no andaba bien en mí. No lo podía descubrir; iba de aquí para allá, nada me entretenía, empezaba algo y lo dejaba. Mi inesperada inquietud me perturbaba, pero ¿qué la producía? Durante varios días había escrito durante muchas horas y me costaba dejar el teclado; no, no era fastidio ni tampoco cansancio. Me relajé y esperé inquieta, tratando de serenarme, y cerré los ojos para descansar la vista.
Estábamos en otoño y los árboles renovaban sus hojas. La caricia de una brisa me anticipó una visita: una hoja que caía se pegó en el dorso de mi mano derecha y se quedó ahí. La miré y, con sumo cuidado, la tomé y traté de depositarla en el suelo.
—¡No, por Dios, no hagas eso! —me dijo.
—Hola, ¿no? Deberíamos presentarnos… no sé tu nombre.
—¡Ay! De vos no tolero la hipocresía, Camila. Sabés muy bien que no tengo nombre. Solo una reverenda loca como vos me hubiera bautizado, pero no sucedió.
—Tengo tiempo y estoy un poco desconectada de todo. ¿Querés que te bautice ahora?
—No finjas ser hipócrita, que no te queda bien.
—No te hablo disfrazada de ilusa, hojita. Ustedes me conocen bien: si digo que te puedo bautizar, ¡te puedo bautizar! ¡Y sería un placer hacerlo! ¡Y no me hagas enojar! Si querés un nombre, ¡acá estoy! Si estás más desconectada que yo, sentate en este banco conmigo y entonces, ¡hablemos!
—Bueno, no te enojes. Podés llamarme Agonía.
—¡Ah!, ya veo, estás peor que yo, hermanita. ¿Cómo te voy a llamar así? No juegues, que hoy no tengo un buen día. Si me lo permitís, te voy a llamar Esperanza.
—¿Justo ese nombre ahora que estoy por morir?
—¡Ay, no, Esperancita! No me digas eso. ¿Y por qué lo decís? ¿Porque te desprendiste del árbol?
—¿Y qué te sugiere eso, Camila? ¿Acaso no voy a morir si caigo al piso? Contame… ¿me puedo sentar con vos?
—Sí, dale, Esperanza, soy toda oídos.
—¡Dale con Esperanza! No me hagas llorar de nuevo, por favor.
—Bueno, entonces vamos a elegir un buen nombre. Vení más cerca, para que no te lleve el siempre indiscreto viento. A ver, te voy a poner Abigail, ¿te gusta?
—Medio… me suena lejano.
—¿Y Alegra?
—Muy de pendejita.
—¿Aurora?
—Ese puede andar mejor… pero mejor llamame Ocaso.
—¡No seas depre! Te llamaré Aurora y se acabó la discusión.
—Camila, primero contame: ¿qué te pasa a vos?
—Aurora… estoy grande.
—¿Como vieja?
—No me digas eso, porque justo esa es la realidad que me cuesta aceptar: estoy grande.
—Sí, estás vieja, seguí.
—Y noto que mi familia despacito se va alejando; no por malos, sino porque tienen su propia vida, y lo mismo pasa con mis amigos.
—A mí me pasa algo peor, hermana: me han aplicado la eutanasia, me cortaron de golpe del árbol.
—No, Aurora, es natural que caigas, no pienses así que te lastimás.
—No, amiga, pasan los jardineros y nos arrancan.
—¡Pero si acá no hay jardineros, Aurora! Tampoco yo arranco las hojas, ¡les dejo su normal desarrollo! ¿Qué decís?
—Que vino una visita a tu casa, un hombre a arreglar unos cables y, de pura maldad, me arrancó; y no solo a mí. ¿No sentiste nuestros gritos?
—No, hermanita, no las escuché. Cuánto lo siento, no sé qué decirte.
—¿Por qué hace eso la gente de arrancar flores y hojas porque sí? Yo entiendo que ya estaba por caer, pero a muchas vecinas mías ese tipo las arrancó aún estando en sus más brillantes verdes. Lo peor es que en el árbol ya no me querían porque le tenía que dejar lugar a las jóvenes. Y el que te dije…
—¿Quién?
—El viento. Se confabula y sopla, ¡y caemos todas porque ya estamos feas, viejas, descoloridas, arrugadas y secas! Para mí que pagan coimas para ascender rápido —y se largó a llorar.
—No llores así, Aurora, ¡no estás descolorida! ¡Mirate! Cobre, oro, rojo, beige, café… mirá la hermosa hoja en que te has convertido —por primera vez pude descubrir sus ojitos revoloteando—. Y dejame decirte que entre ustedes no existe la coima; me hiciste reír.
—Es verdad, pero yo me refería al tipo. Él sí es coimero: busca que lo asciendan en su trabajo como los políticos —la escuché pero no le contesté, porque había dicho la verdad.
—Distinto es mi caso, Aurora; no tengo nada de linda ni de colores, solo soy un cuerpo viejo.
—No es así, y no pienses que te adulo, pero nosotras vemos tu belleza. .. bueno hacemos un esfuerzo por ver algo de belleza en vos, te lo digo sin piedad.
—¿Y qué encuentran? estoy al borde de revolearte.
—Este…bueno, tus arrugas hablan de sabiduría, la empatía de ustedes los ancianos es fabulosa
—No te creas, somos medio salvajes
—No es así el abuelazgo los hace celestiales
—¿Y la soledad a la que inevitablemente vamos?
—Está en cada uno de ustedes elegir si esa soledad será un triste aislamiento o un lugar de recogimiento donde como el Aleph, puedan ver la vida entera ¿No es maravilloso?
— Ahora la hipócrita sos vos. ¿Me miraste bien? A vos la vida te hizo mucho más hermosa ahora que cuando estabas en el árbol vestida de verde.
—No sigas quejándote, ¡che! al final hablé como poeta haciendo un enorme esfuerzo ¿y seguís con las pálidas?
—Aurora veo a muchas mujeres hermosas jóvenes disfrutando de la juventud
—Sos desagradecida Camila, decime ¿y por qué no aprovechás esa mazmorra sagrada para descubrir tu Aleph? ¿Esas señoras que nos pisan por las calles, a ellas te referís? ¿Esas que hablan como los dioses, pero no quieren ver hojas secas, ni tampoco las flores en las plantas, sino que las cortan y adornan sus hogares? Dicen amar a los animales, pero pisan los caracoles, los gusanos, las hormigas y a todo hermano que no les gusta. No, Camila, no te confundas: nosotros elegimos la sabiduría de ustedes los an…digo los adultitos. (iba a decir ancianos y seguro me revoleabas, ja,ja,ja)
—¿Así, como yo, medio loca?
—Sí, es cierto; y no medio, sino del todo, ¡ja, ja, ja!
—¡Ay!, Aurora, se te va la lengua, ¡bruja! Pero todo lo que ven en la sabiduría de los ancianos y que les puede parecer bueno, es un regalo.
—¿Cómo es eso?
—Todo lo bueno, es decir, todo bien, procede del Bien Total.
—¿De Dios?
—¡Exacto, hermana! Solo mi pecado es mío.
—¿Así que pecás, picarona?
—Aurora, nadie puede tirar la primera piedra —noté que cerró los ojos y vi languidecer sus colores—Camilita, hoy muero.
—¿Quién te dijo eso?
—¿No me ves al borde de ir a la tumba, che? ¿Acaso no te das cuenta de que si caigo al piso me aplastan? —casi me gritó.
—¿Y quién te dijo que te vas a caer? Te pienso llevar a adornar mis libros y a tenerte ahí, recordando esta charla cuando me venga a buscar la muerte.
—¡Ay, qué ánimo nos damos, flaca! Pero me gusta mucho eso de adornar tus libros y así entraré en la eternidad, ¿vos creés?
—En la eternidad ya estás desde que te desprendiste del árbol, Aurorita.
—¿Qué? ¿Ya estoy muerta entonces?
—Estás en otra vida. Si estuvieras muerta, ¿hablarías conmigo?
—No te entiendo, pero me hace bien todo lo que me decís. ¿Y vos ya estás muerta?
—No, Aurora, estoy en el ocaso. Ya no sirvo para nada, pronto muero, brujita.
—Entonces, vos también entraste en la eternidad.
—¿Cómo?
Ya estás en otra vida, ¿no te das cuenta? Ya fuiste arrancada lentamente de tu familia, de tus amigos, ahora podés hablar del cielo. Ustedes, Camila, pueden vivir algo único. Escuchá, amiga: que tus acciones, como cuidar a los tuyos, orar, atender la tierra con amor, pintar tu vida con matices que solo nosotros vemos, sea el disfrute de toda una vida plasmada en esa nueva realidad, como un libro abierto.
—Me dejás helada..Vení, Aurora, apoyate en mi mano, transmitime tu energía celestial y disfrutemos las dos de esta revelación que hoy se nos ha dado.
Y con Aurora apoyada en mi mano, justo sobre mi corazón, miré el atardecer, que parecía sumarse a nuestra charla; hasta imaginé sus lagrimitas, ya que él representa el ocaso. Al sentir su pena, le dije:
—No te aflijas, amigo. ¿Acaso es más bella la aurora que el ocaso? En tal caso, los dos son los encargados, con sus luces y coloridos rayos, de despertarnos para ver un cielo de colores y de dormirnos llevando tus tonos pasteles en nuestras retinas. Así es, amigo: nos despiertan y nos envían a descansar.
Me recosté en el viejo banco y me dormí.
***
Les pregunto, cuando miran el cielo ¿Quién es más bello para ustedes, el amanecer o el atardecer? Pierdan un tiempo para observarlos detenidamente y anoten todo lo que vean y sientan y descubrirán una bellísima sorpresa que nos regala la naturaleza



















