viernes, 19 de junio de 2026

El volquete sagrado: un diálogo con Dios

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Hoy quise visitarte, Padre. ¿Y para qué? Para usarte de volquete; sí, así nos comportamos. Fui a contarte mis penas, mis aciertos, mis imposibles, mis frustraciones... ¡mi pasado, mi presente y mi futuro! Pero todo en modo oscuro: ¡solo llorar y llorar! Y a contarte también las miserias del mundo entero. ¡Qué vergüenza usarte así! ¡Qué caradurez!

Mientras te estaba volcando todo mi basural, recordé cuando enseñabas en el templo: sin exigir, sin obligar, respetuoso de nuestra libertad hasta el infinito. Te veía caminar entre desvalidos, doctores, pastores, marginados, y me pareció escuchar tu voz diciendo: "Quien quiera oír, que oiga»."

Aquel tenebroso Martes Santo, en el templo, planearon matarte. Vos lo sabías, pero aceptaste el reto y los desenmascaraste, hasta casi con amor. Te atacaron, te agredieron, te azotaron y te condenaron... ¿Y todo por qué? Por decirle al mundo que el único camino es el amor.

Lo triste es que nada cambió, Padre; al contrario, empeoramos día a día. A veces somos cobardes como Pedro, incrédulos como Mateo, hasta traidores como Judas; pero también, con nuestras propias falencias, te adoramos como Juan. Estás solo y clavado en la cruz; como ayer y, seguro, como mañana: solo, completamente solo en el Sagrario, siempre esperando a aquellos que buscan a Dios. Vos nos hablás de amor, de confianza, de fe, y nosotros te contamos dramas y más dramas.

El Domingo de Pascua los templos se llenan y tus sagrados oídos solo escuchan pedidos; volcamos nuestros problemas en Vos. Y también los que se alejaron te echarán la culpa por todo lo que pasa en el mundo. Pocos aceptan las cruces domésticas, que son las que valen. Aspiran a cruces heroicas y muchas veces olvidan su primera misión, que es la familia.

Abro un paréntesis aquí para recordar un cuento en el que un sacerdote, agotado de recibir quejas, lamentos y culpas, comenzó a perder la fe. Hasta que un día colgó la sotana y se dirigió al crucifijo con estos reclamos: «¿Qué hiciste con el hambre en la tierra? ¿Qué hiciste con las guerras, con las enfermedades, con la delincuencia? ¿Eh? ¿Qué hiciste?».

En esa cruz se veía a Cristo traspasado y sangrando, con la cabeza inclinada y con sus ojos mirándolo. Cuando el cura se preparaba para retirarse de la religión, aquel sacerdote escuchó: «Te hice a ti».

Muchas veces olvidamos que Dios nos creó libres y entregó al hombre las llaves de la tierra (como canta el himno); por lo tanto, «somos los arquitectos de nuestro propio destino» (parafraseando al poeta). ¿Las guerras las hace Dios? ¿Acaso no nos enseñó a amarnos los unos a los otros, entregando Su vida ? Las drogas, el alcohol, el juego, el tabaco... ¿lo enseñó Dios?

No lo usemos solo de volquete; muchas veces tenemos sobrados motivos para agradecer. Por supuesto que Él quiere ayudarnos y escucharnos, y podemos hablar con Él de todo lo que queramos, pero también debemos agradecer. San Francisco se anonadó al descubrir un mundo a su alrededor que antes ignoraba.

Les dejo un cuentito que escribí para compartir una experiencia que tuve:

«Aquel amanecer»...

📝A veces me duermo tarde, casi cuando comienzan a cantar los ruiseñores. Creo que son parecidos en sus rutinas a los que nosotros, en Argentina, llamamos zorzales. Tengo entendido que el único pájaro que canta de noche es el ruiseñor, que en mi país no hay. Sin embargo, mis amigos zorzales empiezan a cantar indefectiblemente a las tres de la mañana, casi a la misma hora en que los frailes y los monjes entonan himnos de alabanza al Creador. Alguien dijo: “Amanece que no es poco”. 


Cierta noche, el insomnio fue el resultado de mis intentos de ordenar las ideas para la intensa actividad apostólica que realizaba; entonces recordé esa frase, dado que eran las cuatro y treinta de la mañana y aún no había podido dormir. Dios, como siempre, deslumbra, y agradezco mi desvelo porque tuve el privilegio de presenciar algo grandioso.


Los zorzales parecían haberse dado cita en los cuatro puntos cardinales, realmente anunciaban “maitines”. En ese entonces, vivía en una casa que tenía una piecita en la terraza a la que yo llamaba “mi Carmelo”; allí había instalado una camita, una pequeña mesa donde escribía, una silla, un mueble de caña que hacía de biblioteca, otra biblioteca muy viejita, un ropero antiguo donde guardaba solo mis papeles y un mueble más pequeño para mi ropa. Había colocado la mesita frente a la ventana donde podía ver las copas de los árboles y algunos edificios muy altos, aunque en mi pueblito no abundaban. Generalmente, mis perritos y mi gato subían para estar conmigo; realmente era mi pequeño paraíso.


Saliendo de la pieza había una terracita techada que hacía de pequeño patio, allí había colocado unos sillones de hierro muy viejitos y desbordaba de plantas: muchos malvones, helechos colgantes, azaleas y, como es mi costumbre, tenía un jazmín de flores celestes que amo y nunca me falta allí donde me toque vivir. Había crecido casi como un árbol en un macetón y un pícaro matrimonio de colibríes se había instalado allí y permanecían escondidos siempre; a un costado, tres escalones llevaban a la terraza grande.


Como dije, esa noche no podía dormir. Los zorzales entonaban sus más solemnes gorjeos, unos empezaban y luego callaban, entonces otros ubicados frente a ellos contestaban. Aún era de noche, las melodías de aquellas aves parecían los cantos gregorianos que los monjes entonaban a dos coros. Era algo 9 hecho de prestar nada más que un poco de atención, nunca tenía tiempo para observarlos. Y realmente es tan maravillosa la Creación que si nos tomamos de tanto en tanto espacios para contemplarla, parece que Dios nos habla a través de sus criaturas. Además, tenemos tanto que aprender de los animalitos que nos perdemos esas cátedras por estar enroscados en nosotros mismos.


A medida que amanecía, se iban sumando las actividades de otras aves. Los pájaros hacían tal bochinche, que salí para mirarlos, porque parecía verdaderamente como un tráfico en la calle. Cuando me asomé, me increparon los colibríes, me advirtieron que no me acercara a su nido y que no querían ser interrumpidos en su alabanza matutina al Creador, me enfrentaron de una manera bastante fea; ¡tan chiquititos! En cámara lenta entré a mi cuarto y me quedé quieta y en silencio, comprendí a todos y traté de no contaminar ese celestial coloquio. Me senté frente a la ventana y observé el regalo que esa mañana Dios me obsequiaba, solo contemplé.


Zorzales, gorriones, tacuaritas, calandrias y ¡hasta loritos! Los colibríes estaban también en esta actividad. Como dije, en mi pueblito los edificios altos eran muy pocos y estaban en el centro. De manera que desde mi terraza veía muy bien el espacio aéreo que tenía frente a mi ventana. Todos volaban de un lado a otro, las sendas que dibujaban en lo alto eran distintas a nuestras calles y caminos. ¡Tanto apuro! ¿Por qué corrían de esa manera? Preparando sus nidos, buscando alimento, atendiendo a sus pichones, todo eso a toda velocidad. Creaban un tráfico intenso. Unos se metían en la terracita y tomaban semillas de mis plantas, otros pasaban volando con pajitas en sus picos. Los loros pasaban rápido y hablando entre ellos. Como magistralmente lo entendió el poeta, lo tomo de él para repetirlo: “Parecían ir gritando: «creo, creo, creo»”. Un poco más alejadas, había palomas que observaban todo y estaban muy quietas y en silencio; eran mis treinta amigas que más tarde se acercarían a recibir el desayuno que les ofrecía todas las mañanas. Muchos se perdían en el follaje de los árboles llevando alimento a sus pichones en sus nidos. Mientras tanto, esos pichoncitos sumaban sus sonidos al coro, pidiendo así el alimento a sus padres. Hasta ahí, parecía una orquesta donde todos los músicos probaban y ensayaban sus obras antes de comenzar la función. Tal cual.


Ante ese espectáculo, Dios me llevó a la siguiente reflexión: pensé entonces que el planeta es de todos y estos hermanos son tan dueños de él como los humanos, entonces, ¿por qué el ser humano mata por placer a tantas aves? No entiendo a los cazadores. En realidad, cuando se caza por necesidad sí estamos dentro del plan de Dios, pero cuando se hace por deporte o entretenimiento… ¿Cuál es el derecho? O mejor dicho, ¿puede el derecho permitir matar por hobby? ¿No es incompatible?  Muchas veces cuido de no pisar hormiguitas porque, generalmente, están trabajando o buscando su sustento. Es cierto que el Altísimo le dio al hombre las llaves de la tierra, pero no por eso tiene permiso para matar por placer y ejercer daño a Su Creación; porque de Dios solo emana el Bien, el himno dice: “que Dios no se arrepienta de haberle dado al hombre las llaves de la tierra”. En ese amanecer medité muchísimo y pensé en la Creación que esa madrugada parecía hablarme. Estaba recibiendo pedagogía divina.


De pronto, solo quedó un maravilloso coro y lentamente fueron callando los otros sonidos. Iba desapareciendo también el ruidoso tráfico y cada uno se retiró hacia su nido o a volar por allí, pero todo se acomodaba nuevamente.


Mientras tanto, en lo alto y muy escondidos, cantaban los solistas y un coro les  contestaba a los que permanecían invisibles a mis ojos, eran los que cantaban solos y en ramas muy altas. Parecían realmente letanías. Los árboles acompañaban con un suave movimiento producido por la brisa matinal, parecía un original ballet o, quizás, ¿sería la propia música inaccesible para nosotros? Dios me llevó a recordar el vaivén de las olas que también lo alaban de esa forma. Tímidamente, asomaba la aurora sumando sus primeros rayos a todo ese maravilloso mundo, preparando el camino para el hermano sol que ya despertaba aportando su calor y tiñendo delicadamente la copa de los árboles. Presenciaba una verdadera comunión.


Frente a ese maravilloso cuadro, tomé mi rosario; no es mi amuleto, sino mi compañero porque a través de rezarlo contemplo el amor de Dios. Pero no recé,  solo adoré y me dejé envolver por Dios. Agradecí por ese amanecer, sobre todo por haberme casi obligado a contemplarlo, fue una clase magistral que recibí de las aves; su incansable trabajo por mantener a sus familias y por construirles un hogar, por alabar a Dios con sus cantos, por brindarnos toda su cálida y musical compañía y les pedí perdón por ignorarlos casi siempre.


Un fuerte aleteo me distrajo, eran mis hermanitas palomas que, como todos los días, llegaban y se acomodaban en sus lugares esperando el desayuno; pacientemente esperaron a que yo terminara mi descanso y noté que se habían sumado otras. ¡Cada vez eran más!


Miraban dentro de la pieza y las más osadas casi entran, entonces me preparé para empezar mi día, sonriendo y agradeciendo a Dios. Quedé envuelta en el amor de Dios y la maravilla de su Creación que me rodeaba, mientras las palomitas me  cantaban todas juntas su “rucucu cucu”. Gracias, Dios mío.


¡Hasta la próxima!




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