Hola, queridos lectores. Soy Ana, pero mis conocidos me han bautizado Anita (será por mi escasa estatura) y, de verdad, llamándome así me hacen muy feliz. Hoy me quiero presentar oficialmente y contarles mi estado actual como escritora.
No estudié Letras; me formé en la carrera de Derecho. Bajo esa instrucción, Dios me permitió escalar los diferentes peldaños hacia la justicia. Les quiero contar que, al obedecer a mi inquietud por llegar a la cima, encontré la perla preciosa o el tesoro oculto del que habla Jesús en Sus parábolas. Pensé que me iba a encontrar con la justicia; sin embargo, me encontré con Dios. Pensé encontrar la verdad, y me encontré con Dios. Pensé, finalmente, encontrar el Derecho, y me encontré con Dios.
Comprendí que al querer estudiar e indagar el derecho más alto, es decir, en su máxima expresión, la única ruta conduce al Reino de Dios. Y en la respuesta a mi incansable búsqueda, Él me esperaba con el resumen de toda la carrera: me presentó al derecho desnudo, totalmente despojado de doctrinas, tratados y teorías. Dios me entregó en esa cima el verdadero significado de la justicia: Haz por los demás lo que quieres que hagan contigo.
Bueno, hasta aquí una síntesis sobre mi concepto del Derecho. Pero, además, soy terciaria franciscana. Entre las leyes, mi fe y la formación franciscana, el resultado fue una increíble comunión con la naturaleza. Siento a los habitantes del reino animal, a las plantas y a las flores como verdaderos hermanos en la creación.
Por eso, cuando comienzo a escribir y quiero referirme a un tema específico, si hay una flor, una planta o un animalito cerca, créanme que toman la pluma a mi lado. Aunque a veces se me revelan y surgen las protestas, como sucede en el fragmento del cuento que les comparto renglones abajo.
Fusionando mis valores, con las maravillosas características de estos hermanos, se marcó mi estilo: el realismo mágico y la ficción de sanación para adultos. En base a todo lo expuesto, hoy quiero compartir con ustedes —para que conozcan mi prosa— un fragmento de uno de los cuentos que publicaré dentro de un par de meses junto con la colección a la que pertenece. ¡Bienvenidos a mi mundo!»
LA REBELIÓN DE LOS PERSONAJES
Ana tomaba su té con limón frente a su archivo, un ritual de todas las tardes. Tiernamente recordaba a los personajes de cada cuento; le causaba tanta risa repasar las travesuras de Gustavo, el gusanito revoltoso, que estuvo a punto de ahogarse con el té. Se acordó de Rosalinda, la gatita con su patineta convertida en un Fórmula 1; de Tomás, el canario sabandija cauterizado por Loquillo, la alondra del Medioevo que, sin embargo, no es tan alondra... Y así recorrió cuento por cuento con la satisfacción de una verdadera madre. Repasó todos los libros y luego, como todos los lunes, se dispuso a estudiar nuevas técnicas de escritura.
Pero la tarde se complicó cuando, de pronto, los libros comenzaron a saltar en la biblioteca. Al mirar los estantes, vio cómo, misteriosa y rápidamente, un catalejo se metía dentro de los volúmenes.
—¡Por Dios! ¿Qué es esto? ¿Acaso alguien me está espiando? Pero ¿qué pasa? ¿Por qué saltan todos mi libros? ¿Qué pasará? ¡Eh! ¿Qué hacés fuera del libro, Gustavito? ¡Cuidado! No te asomes tanto que te podés lastimar.
Gustavo, el gusano, estaba con medio cuerpo afuera y medio adentro del libro; en una palabra: ¡colgaba! Y por su tamaño, no llegaba a ningún lado. Quedó muy alto, en una peligrosa postura. Un catalejo rodó desde el anillado y Ana vio cómo Rosalinda apareció como un soplo con su patineta, tomó el instrumento y desapareció. Ana no entendió esa parte.
Gustavo, tomando fuerza con cierta dificultad, explicó la situación:
—Es que quiero hablar con vos, Ana.
—Pero quedate dentro del libro, hombre.
—Digamos que tanto como hombre no me siento… bueno.
—Contame, Gus, ¿ahora qué les pasa? ¿Qué se traen, hermanitos? ¿Por qué hay un revoltijo en los libros? La biblioteca tiembla y mi teclado está extraño. ¿Qué se traen?
Gustavo seguía colgado y enredado en el anillado. Mientras Ana lo ayudaba a desatarse, él confesó:
—Esta vez está bravo, Ana. Lo siento... este… —Luego de pensar qué palabras usar, casi gritó—: ¡¡¡Piquetes!!!
—¿Qué? ¿Por qué, sabandija? ¿Otra vez con los piquetes?
—Por nuestros derechos —respondió Gustavo, levantando bien alta la cabeza.
—¿Qué? ¿Pero qué pasa con sus derechos?
Se abrió otra página del libro. Ana miró, pero no salió nadie; solo se movían las hojas.
—Que nos enteramos de que los lunes estás recibiendo clases para pulir tu escritura y querés “ordenarte y organizarte”, y decidir la trama y los finales vos sola.
—¿No se supone que eso es lo que hago, hermanito?
—No, señora. Nos das libertad y nosotros enfocamos el camino.
—¡Ah! Conque ¿esas tenemos, no? Recién me entero de que no hago nada. ¿Me van a hacer juicio?
Ana se rascaba la cabeza y no dejaba de mirar las hojas del cuaderno, que cada vez saltaban más.
—Bueno, yo te avisé que aquí no habrá conciliación. Tanto como juicio no, solo una reprimenda.
—¿Qué piensan hacer, revoltosos?
—Ahora preparamos una asamblea y tenemos un orador: será Tomás.
—¡Ah! ¡Tomás! Debí haberlo imaginado. Ese canarito es un revoltoso como vos. Y ya... ¡basta, Gustavito! Inmediatamente quiero hablar con Loquillo.
—Imposible, señora; le aplicamos las primeras medidas de fuerza. Está en una mazmorra de papel.
—¡Me quiero morir! ¡Están del tomate! Entonces, llamame al Abad.
—Imposible, señora; está cumpliendo su condena.
Ana abrió grande los ojos y preguntó, casi remarcando cada sílaba:
—¿Qué le hicieron al Abad?
—Tiene abrochada su hoja y no podrá salir. Está en la mazmorra por jetón.
—¡Ah, no, mijito! ¡Basta, voy a proceder ya mismo!
Ana se sentó en su escritorio y, cuando iba a empezar a escribir, de las hojas que tanto se movían saltó Tomás. Ella, al verlo, corrió hacia la puerta gritando:
—¡No jueguen con armas! ¡No me amenacen! ¡Desaparezcan o empiezo a gritar! ¡Ustedes no van a arruinar mis libros! ¡Tomás, guardá inmediatamente esa arma!
Tomás obedeció; guardó la espuma de carnaval que temblaba en sus manos. Ana se limpió la frente y se sentó con la respiración agitada:
—¡Uff! Chicos, saquen esa arma de mi escritorio. ¿Les parece que merezco esto?
Tomás y Gustavo bajaron sus cabecitas.
—No hay retorno, hermana, y perdonanos; pero los derechos los debemos defender, además son constitucionales.
—Sí, ya lo sé —dijo Ana—, pero no se procede así. Además, que defiendan la constitución que juntos escribimos en el bosque es muy loable, pero así, con armas peligrosas, no. La violencia nunca debe ser una opción. Y vos, Gustavo, ¿qué estás escondiendo en tu bolsillo?
Gustavo se negó a mostrarle, pero Ana se acercó, suavemente metió mano en uno de sus bolsillos y exclamó:
—¡Más armas, Dios mío! —Y le quitó un pomo de agua de carnaval.
Los dos rebeldes quedaron con la cabeza metida en el pecho y sin hablar. ¡Había que imaginar la rojez del rostro de Tomás bajo sus plumas! Ana los observó con los brazos cruzados un rato largo, en silencio; luego les explicó:
—Muy bien, revoltosos, tomen asiento; pero antes vamos a liberar al Abad y a Loquillo. Luego ya pueden ir convocando a una gran asamblea y elijan ustedes el lugar.
Dicho eso, fue al libro de Anastasia a liberar al Abad, mientras Tomás liberaba a Loquillo. En eso, Gustavo, que se había quitado su capelina y colocado un casco de guerra fabricado…
con una cascarita de nuez, le impidió el paso. Ana corrió a su escritorio y exclamó:
—¡Ah, no! ¿Quieren guerra? ¡Traigo mi arma! —y desapareció.
En un segundo apareció con una gorra de ducha, remera camuflada y con un Liquid Paper amenazante:
—¡VADE RETRO! ¡SALVAJES!
Al verla, Tomás y Gustavo corrieron a meterse en el libro gritando y llevándose todo por delante, hasta que quedaron enganchados en el anillado.
—¡Ay, no, Anita, no! ¡Eso no! ¡Vos no sos así! ¡Perdón, guardá o tirá eso! Llegaremos a una solución, ¿sí?
—Correcto. Entonces llamen a Stefanía, que actuará como mediadora —respondió Ana, sacándose el gorro de baño que se había puesto, y los desenganchó con suma delicadeza del anillado.
—Sí, pero antes tirá ese Liquid Paper, por favor —rogó Tomás.
—Sí, señor revoltoso, y usted tire inmediatamente su arma.
Apareció Tomás con una bandera blanca agitándola y, con un pito, anunciaba una pausa en la guerra. Ana tiró a la basura su arma. Le acomodó la capelina a Gustavo y peinó a Tomás, quien luego se posó en la cabeza de Ana.
—Entonces, señores, no los voy a sancionar; pero, como penitencia, armen ustedes un lugar para la gran asamblea y busquen a Stefanía, ¿ok? Pero quiero que estén todos, pero todos.
—Sí, generala querida —dijeron los dos en voz alta y, haciendo la venia, desaparecieron.
Ana, para su seguridad, metió la cabeza en la página de los rebeldes para vigilarlos.
Ella no perdió tiempo; se sentó a escribir lo siguiente:
“Los siguientes personajes deben presentarse de inmediato en la hoja en blanco que adjunto a la presente. A continuación, envío la lista de los nombres de los que deberán presentarse:
Stefanía, del cuento Stefanía en el campo de los locos.
Anastasia, de la novela Anastasia.
El Abad, de la misma novela.
Loquillo, del libro El regreso de las almas perdidas.
Los convocados tienen permiso, por única vez, para emigrar de sus libros y participar como mediadores en la gran asamblea: “Mapa versus Brújula”.»
Ana era observada por Tomás, que desde un libro en un anillado muy escondido leía con un catalejo lo que ella escribía, ayudado por sus amigos y vestido de pirata.
—Bájenme pronto antes de que me vea —dijo a los que le sostenían la escalera (formada por pequeñas gomas de borrar), que eran Gustavo y Rosalinda.
—¿Qué descubriste?
—Se están organizando, nos van a pasar por arriba. ¿Saben a quiénes llamó?
—¿A quiénes? —preguntó Rosalinda.
—Al Abad, a Loquillo, a Anastasia y a Stefanía.
—¡Ay, por Dios, los líderes y propios protagonistas de los libros! ¡Nos van a barrer! Vamos a prepararnos —exclamó Rosalinda.
—Sí, sí, vamos —dijo Gustavo—. Esperen, les cuento algo: me da mucha vergüenza, pero tengo hambre y junto a Ana hay unas apetecibles galletas. ¿Y si…?
—¿Vos decís robar? ¡Eso no hacemos! —gritó Rosalinda.
—No diría robar, pero…
—Te entiendo, y mirá: saqué una caña de pescar de un cuento y podríamos salir a pescar por deporte; a eso no lo llamaría robo.
—Tenés razón, Gus. Rosalinda, ¿qué opinás?
—¡Secuaces, los acompaño porque tengo hambre y en vez de pupilas tengo dos galletitas en mis ojos!
Se armaron de la caña y dijo Gus:
—Dejame a mí...
¡ALERTA DE REBELIÓN!
Les presento oficialmente a los piqueteros de mi historia: Gustavo el gusanito, Rosalinda la gatita (con su patineta siempre lista) y Tomás el canarito. Ellos son los personajes que organizaron la protesta y se me plantaron en la página.
Mírenlos bien, armados hasta los dientes con espumas de algodón y cascos de combate. Parecen villanos de película, pero solo reclaman lo que es suyo. Pasen y lean cómo se armó esta revolución de tinta...»
¡Hasta la próxima!


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