Escucha la música aquí:
¡Hola queridos amigos! Hoy les quiero regalar un cuentito mío que forma parte de una colección de cuentos, cuento al que titulé :
PRIMAVERA
Mi paseo matutino en soledad.
Como todos los días, salí a cumplir con mi caminata, pero era una fecha especial: 21 de septiembre. Esta vez no iba sola; me envolvía esa presencia que siente la naturaleza y que también percibimos nosotros, o por lo menos yo. Me dediqué a contemplar el lenguaje del mundo a través de sus representantes.
A mi costado marchaba serenamente una paloma de color gris plomo, bastante estropeada. La miré, detuve mi marcha y ella también se paró. Le pregunté: —¡Hola! ¿De dónde saliste? Ella me enfrentó con su cuerpito, pero miró hacia otro lado. —Ah, ¿querés que nos concentremos en el paseo y yo cierre el pico, no? Así será, su señoría.
Luego de ese instante retomé la marcha y la paloma continuó a mi lado. No me quedó otra opción que sonreír al ver cómo casi imitaba mis pasos con un andar muy rítmico. Envidiaba esa serenidad y la firmeza que mostraba en cada avance; su compañía me hizo mucho bien. Su caminar era más perfecto que el mío: cada paso medía igual, sonaba igual y marcaba una cadencia exacta. Ya estaba recibiendo las primeras lecciones y ella me transmitía la siguiente enseñanza: —Sin prisa, hermana; pensá en cada paso que vas a dar.
La miré y me miró. Sin decirnos nada, comprendió mi mensaje y me contestó con su arrullo. Seguimos caminando, cada vez más unidas y compinches.
Cada árbol, cada jardín y cada simple yuyito me hablaban con su clásico lenguaje sin palabras, el único otro idioma que aprendí en mi vida: el espiritual. Ese día hablaban más que nunca. Había hecho muchos ejercicios de contemplación en la escuela franciscana, pero ahora los realizaba por puro placer. Tal ejercicio consiste en no pensar, solo en contemplar, y aseguro que todos los elementos se atropellaban para contarme la explosión que estaba sucediendo bajo la tierra.
Como todo ser humano, cargo con mi mochila de aciertos, desaciertos, penas y alegrías, con la balanza siempre inclinada negativamente. Pero hoy la naturaleza me hablaba a través de su más viva representación: las plantas, los árboles, los pájaros. Hasta parecía que algo en mi interior bullía, como una cálida oleada que se instalaba en mi rostro y se expresaba en una sonrisa. ¿Sería la presencia de la felicidad? Estoy segura de que a ellos les pasaba lo mismo. Energía primaveral: eso era lo que sentíamos. Nuestro ser era invadido por esa nueva estación. Rumiando todo esto, me dejaba envolver por ese estado dichoso.
En mi kilómetro rutinario solo escuchaba la misma e insistente invitación en cada hoja verde, en cada flor o en cada árbol; pero las aves me lo gritaban: «Renacé otra vez, florecé, hermana. Miranos a nosotras: soportamos fríos y granizos, por momentos creíamos morir, y acá nos tenés junto a vos. Acercate, sentí nuestra fragancia, mirá nuestros vestidos nuevos. Vos también podés renacer; ¡vamos, no estás sola, animate! ¡No te quiebres durante las tempestades! ¡Es primavera, hermanita!». Escuchaba todo este discurso con solo mirarlas.
Cada vez que me paraba para admirar un jardín, la paloma también lo hacía. Me escuchaba cuando yo hablaba sola, manifestando mi admiración ante el estallido de las enredaderas, y seguía mis pasos. Ella siempre conversaba con sus arrullos. —Sí, te entiendo, aunque no domino del todo tu idioma, hermanita —le dije, y me reí sola. Los que pasaban a mi lado me saludaban, confundiendo mis risas con un gesto de cortesía, y eso me hacía reír más.
Al mirar un jardín, perdí de vista a mi compañera. La busqué con los ojos y la vi en la vereda de enfrente, escapando de un palomo enamorado. Me causó tanta gracia y a la vez envidia, ¡porque ningún enamorado me corría a mí!
Seguí caminando. Las calles estaban desiertas ya que era la hora de la siesta, y eso me gustó mucho porque nada me distraía de la contemplación. En eso, unos gorriones captaron mi atención. Era una parejita; la gorriona se acercó a mí casi gritando y comprendí que se trataba de un acoso. Entonces le dije al gorrión: —Lo siento, amigo, pero dejá en paz a esta niña. Lo espanté y cada uno se fue por caminos diferentes.
En un jardín quedé varios minutos parada, admirando una azalea blanca que, en su explosión, había borrado de la vista todas sus hojas verdes. La planta parecía un traje de novia. —¡Pero qué belleza! —exclamé. En ese momento, sentí una moto en la vereda, justo detrás mío.
—Ah, disculpá, chiquito, te estoy obstruyendo el paso. Mirá, hijo, lo que es esa planta —le dije, haciéndome a un costado y sonriendo.
Pero él me agarró fuertemente del brazo y me dijo: —Dame la cartera —Me asusté, pero no lo suficiente. —¡Sí, sí, esperá un minuto! —le dije, pero no me escuchó y comenzó a sacudirme, tratando de arrancármela. —Esperá, chiquito, ¿no ves que se enganchó? No me tironees que me vas a matar.
Temía que me tirara al piso, siendo que recién había sido operada de cadera. Él no me escuchó y tironeó más.
—¡Esperá, chiquito! Me vas a matar y no vale la pena que arruines tu vida por mí. Esperá —La cartera no salía; me la había cruzado bajo la blusa y estaba enganchada.
—¡Por Dios, no me sacudas así! —le grité—. ¡Me vas a tirar y me vas a atropellar con tu moto! ¡No vale la pena, si ya te doy todo! —Me sacudió peor.
—Bueno, parece que vos querés ir preso de por vida, ¿no? Dejá que desenganche la cartera tranquila; ya la desengancho y te vas, pibe —No sabía cómo calmar sus nervios y ya me veía quebrada en el suelo.
—Mirá, yo no te conozco, ni vi ni voy a mirar tu cara, pero te cuento algo: ¿sabés qué te pasa el primer día que entrás en la cárcel? —Él me miró y sonrió sarcásticamente, pero no habló. —Te violan y contraés sida, hijo. Para eso no fuiste creado. Dios te ama y sos muy valioso para Él, así que esperá que me desenganche la cartera y te vas. Tranquilizate.
Quedó poco menos que petrificado; detuvo su maltrato y, en ese ínterin, la cartera se soltó. Se la llevó, y yo me salvé de un accidente o quizás de la muerte. Mi blusa quedó rota y mi cuerpo, temblando. A mi lado escuché el arrullo de la paloma. La miré y noté que tenía una alita sangrando.
—¡Peque! ¿Qué te hicieron? —le dije al levantarla.
En eso, dos muchachos se acercaron corriendo y me gritaron:
—Esa paloma es nuestra, doña; la acabamos de cazar. —¿Para qué la quieren? —Para nada, es nuestro trofeo de caza. —Escuchen, recién me pasó a mí lo mismo que ustedes le hicieron a la paloma, chicos. Tampoco ustedes están a salvo; el maleante anda por acá y se llevó mi cartera con todo. Salvé la vida de milagro —Los chicos se miraron, observaron mi blusa rota y, sin hablarme, se fueron corriendo.
—Vamos a casa, reina, que te curo esa alita, mi vida. La paloma me miró la blusa y así nos contamos lo que habíamos vivido. En casa terminé de curarla y me pagó con un arrullo. Se quedó conmigo. Seguí con mi rutina y no la molesté; ella se durmió en una cajita. Llegó la noche y tampoco se fue; la coloqué en la cocina para evitar que el viento la lastimara aún más y apagué la luz.
Al otro día ya no estaba. Miré por la ventana de mi cocina y la vi con cuatro palomas que me miraban; las comprendí. Rápidamente las obsequié con muchas migas de pan y fui a buscar mi celular para tomarles una foto. Cuando volví al patio, eran más de quince aves y seguían llegando.
Mi compinche se apartó del grupo y voló hacia un macetón de jazmines, obligándome a mirar. Vi que mi jazmín explotaba de pimpollos. Me miró y emitió su clásico arrullo , que me sonó a un claro: ¡Feliz primavera, hermana!
¡Feliz Primavera, hasta la próxima!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario