“Una advertencia antes de entrar al jardín: que estos personajes tengan plumas, pico y vivan en las ramas no los vuelve bajitos ni ingenuos. Esto no es literatura infantil; es un viaje profundo, a veces desgarrador y a veces desopilante, sobre cómo sanar el alma humana."
***
Hoy deseo compartir con ustedes algo muy, pero muy entrañable para mí: presentarles mi primer personaje. Hay mucha magia en él, porque fue en ese preciso instante cuando, sin saberlo, hice del realismo mágico algo inseparable de mí.
Todo comenzó con un hermoso jardín instalado en mi mente. Cerré los ojos y lo vi. Un lugar bellísimo, íntimo y cálido. No había orden, sino macetones con abanicos de colores, arbolitos enanos, enredaderas y llamadores de ángeles escondidos que emitían el sonido celestial que yo quería darle. Había caminitos blancos entre el verde clásico. Un jardín salvaje que sería el refugio de una escritora; lo pensé de manera que ella pasara gran parte de su día en ese pequeño cobertizo donde los orgullosos jazmines y rosas, junto a las tímidas violetas, perfumaban el lugar, para la joven. Almohadones y sillones rústicos aportaban un toque de luz en medio del jardín, y una pérgola cubierta de glicinas cubría el pequeño templo.
Me faltaba algo, un árbol frondoso y lo ubiqué muy cerca del cobertizo, donde Ubaldina pasaría el mayor tiempo del día. En el árbol faltaba un habitante: un pájaro especial. Les cuento que entre mis carpetas tenía el cuento de Oscar Wilde “El ruiseñor y la rosa”, por lo cual desistí de esa idea, pero no del ave ni del árbol. Elegí un olivo y una alondra, y a partir de ahí ya no manejé más el camino del cuento, porque la alondra, empezó a hablar y venía del medioevo con rasgos muy particulares...
Todo fue mágico en este cuento. Como ya les dije, esa avecilla que inspiraba amor se las traía. Apareció entre las ramas, sacó el pecho y me dijo: "Soy alondra, pero bien machito". Me descolocó. Empezó con mil travesuras y descubrí que no estaba solo: una hermosa lechucita, muy escondida entre las hojas del olivo, había venido con él.Cuando salió Ubaldina —víctima de la depresión y llorando a los gritos—, la alondra la encaró y comenzó con su discurso inaudito y con unos detalles que marcaron su nombre. Habitante del medioevo, irradiaba firmeza, alegría y humor, pero lo más llamativo, lo que me deslumbró, fue su sabiduría y una ternura disfrazada de risas y chistes.
Recordé entonces a aquel personaje de la Edad Media que reunía todas esas características y fue considerado 'El Loco de Asís'. De ahí que no lo dudé y lo bauticé Loquillo; total, por su pequeño tamaño, no daba para llamarlo simplemente loco.
El cuento había escapado de mi timón y descubrí que la escritora Ubaldina —el personaje central— atravesaba una durísima depresión. Loquillo me ignoró y me demostró que no venía a decorar el jardín ni a emitir su canto: él venía con una misión, junto con la lechucita, a quien le puse de nombre Lucy. Ya opinaban entre las ramas y me daban la espalda; de ahí en más, no me quedó otra que escribir todo lo que veía.Loquillo y Lucy —la sabia consejera y custodia del chispeante Loquillo— se hicieron cargo de la depresión de Ubaldina. Al idear el escenario, se me ocurrió colocar cerca del sillón de la escritora una bellísima jaula con un canario al que llamé Tomás. Imaginé que con su canto acompañaría a Ubaldina ¿Qué sucedió? ¡Hablaba en vez de cantar! Y se convirtió en el personaje antagónico de la misión de Loquillo. Para qué les cuento por dónde agarró el cuento: cada máxima que emitía Loquillo era refutada por Tomás el canario. Créanme que fue un duelo humorístico : un fiscal y un defensor. El enojo de Tomás nacía, en realidad, de la tristeza de ver a su ama enferma; eso también lo descubrió Loquillo.
En fin, la naturaleza frente al dolor humano y su sanación encontró su carril por el realismo mágico. Así nacieron estos personajes que intervinieron en tres —y creo que hasta cuatro— historias; ni les cuento que ya se querían postular para el Óscar.
Y para que comprueben que la convivencia en este rincón mágico no era sencilla, los invito a espiar este momento imperdible entre el héroe medieval y el galán enjaulado. A continuación les dejo un capítulo de aquel cuento en el que nacieron estos personajes.
CAPÍTULO V
El sendero de la luz
—¡Me dijo pajarraco, Lucy! —dijo Loquillo enojado—.
—No tiene importancia, seguí con tu misión y no te preocupes —contestó Lucy.
—¡Ay, qué antipática resultaste, hermana Ubi! ¡No me llames pajarito ni pajarraco!—dijo Loquillo con las alas en la cintura en actitud confrontativa—. En fin. Mirá, Ubi, serenate, por favor. Te confieso que vine desde muy lejos para hablar con vos. Por ahora no te puedo decir más, pero eso de quedarme callado será imposible ya que a esta hora debería estar cantando y muy fuerte, pero, ¡por suerte zafé gracias a vos! Porque con vos solo debo hablar, esa fue la orden. Si canto me acosan las damas, me confunden con un ruiseñor y me persiguen —dijo cubriéndose el pico con un ala y bajando la cabeza avergonzado.
—¿Qué? No entiendo, ¿qué historia me estás contando? ¿Vos te estás burlando de mí? —preguntó Ubi con los ojos llenos de lágrimas.
—¡No, Ubi! ¡Shh! ¡No hables tan fuerte! ¡Que andan cerca!
—¿Quiénes? —preguntó Ubi—. ¿Acaso estás embrujado y me tocó a mí justamente aguantarte?
—¡Ay, lo que decís! Dejemos eso como si nunca lo hubieras dicho y te lo cuento, Ubi —dijo el ave—. Sucede que por las noches solemos cantar fuertemente, fui trovador durante mucho tiempo, entonces las damas eligen entre nosotros a su pareja, para… para… uf… para…
—¿Para qué? —preguntó Ubi.
—¡Para hacer el amor! —dijo y con las dos alas se cubrió la carita.
—¡Quiero salir otra vez! ¡Tengo ganas de cantar fuerte! —gritaba Tomás desde adentro mientras colocaba rápidamente un moñito en su cuello a modo de corbata y un par de flores de glicina en su cabecita—. ¡Te puedo reemplazar, loco! —gritaba Tomás—. Vos hablá tranquilo con Ubi todo el tiempo que quieras y yo me sacrifico por vos. ¡Ábranme, por favor!, ya estoy listo —corrió la manzanita listo para salir.
Loquillo miró a Tomás y no pudo evitar sonreír. Ubi miró asombrada a Loquillo con ternura y respeto. Además, no entendía nada.
—Mirá, esto es demasiado para mí, pájaro. Presiento que es una burla, y te lo digo con el mayor de los respetos, ¿tendrías la amabilidad de retirarte y dejarme sola y ya no seguir con historias que realmente no aportan nada a mi dolor?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Que se vaya! Yo de paso salgo a cantar bien fuerte y lo reemplazo, Ubi, me interesaría mucho —exclamó Tomás en puntitas de pie sacando su cabecita por entre las rejas lo más que podía.
Lucy dulcemente dijo:
—¡Tomás… es hora de dormir de una buena vez!
Tomás no hizo caso y siguió observando en silencio.
—Mirá, Ubi, yo tengo que hablar con vos. He sido enviado para ayudarte, ¿me escucharías?
—Te escucho —dijo Ubi—. Así terminamos con esto.
—Ay, por fin entendiste. ¡Sos dura, hija! Bueno, no perdamos más el tiempo —dijo Loquillo—. Vos enfocate en esto, Ubi, si te fastidia paramos. Mirá la luna y decime sin pensar en nada, solamente decime, ¿qué ves?
—Que su luz apunta a mi corazón como un reflector —dijo Ubi.
—Seguí mirando y, ¡dejá de llorar! Vas a inundar el jardín y no me puedo mojar las alas, tengo un viaje largo. ¡Dejá de llorar, por favor! Mirá ahora.
La joven se relajó y obedeció, quizás desesperada por hallar consuelo hizo todo lo que el ave le indicaba.
Vio que la luz de la luna se instaló en su pecho y se formó con el destello de sus rayos, más la súbita presencia de miles de luciérnagas que habían aparecido inesperadamente, un sendero iluminado que iba desde el pecho de Ubi hasta la luna.
Del pecho de Ubaldina comenzaron a salir miles de minúsculos trocitos de algo similar a cristales que volaban por el caminito. Eran miles.
—¿Qué es eso, loquito? ¿Mi alma se deshace? —dijo asustada Ubi, cambiando totalmente su actitud de “fastidio” a sorprendida—. ¿Estoy muriendo otra vez? ¿Es mi alma partida? ¿Qué son esos trocitos?
—Eeh… digamos que sí, algo de eso está pasando —dijo el ave desviando la mirada y levantando una de sus patitas fingió que miraba sus uñas.
—¡No! ¡No quiero morir, loquito! ¡Por favor, haz algo! ¡Otra vez a la tumba no! No sé de qué se trata todo esto, si estoy soñando o no, pero me estoy asustando. ¡Por favor, terminemos ya con esto! —gritó Ubi.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Terminemos con esto! Pero antes déjenme salir para cantar fuerte, a ver si soy afortunado en el amor —gritó Tomás—. ¡Oigan! ¡A ver si me escuchan! ¡Quiero cantar! ¡Mis hormonas me lo piden!
—Vos seguí mirando y no me preguntes nada —dijo Loquillo—, porque te confieso que desconozco el final. ¡No sé cuál es el plan de Dios! —dijo e hizo un ademán levantando sus alitas con el gesto para decir: no sé.
Loquillo volvió a dirigirse a Ubaldina:
—Es cuestión de confianza, Ubi. Confiá en Dios, Él es insólito, no lo vas a entender sin amarlo, pero confiá y esperá porque el final se nos va a revelar en segundos.

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