lunes, 6 de julio de 2026

WILLIAM WORDSWORTH Y SUS NARCISOS



 


Hoy quisiera recordar a uno de mis favoritos: un poeta que se siente deslumbrado por la naturaleza y encuentra, quizás en la tranquilidad de su espíritu y en los dulces recuerdos de sus paseos, la visita real de la poesía.

Me refiero a William Wordsworth. En cuanto a su biografía, no la voy a tocar porque les dejo la inquietud a ustedes, que tal vez la conozcan mejor que yo. Voy a hablar sobre lo que produce en mí su obra y, a través de ella, el espíritu del autor.

William Wordsworth nació en un lugar privilegiado llamado el Distrito de los Lagos ( The Lake District), al noroeste de Inglaterra. Cuentan los biógrafos que amaba caminar por ese lugar. Este autor, máximo referente del romanticismo inglés, conoció el dolor a muy temprana edad. El dolor, para mí, cumple la función de cincelar el alma, trabajarla como si fuera un diamante; es así como el ser humano aprecia, desde otra altura, las bellezas que Dios creó para el hombre. Son esas almas las que valoran y se anonadan ante el lenguaje de la naturaleza.

Mi intuición —y no solo la intuición, sino sus poemas— me dice que este autor veía más allá de una flor o de un atardecer: miraba con los ojos del alma. Siento, además, que Wordsworth acaricia las letras como si acariciara las flores; escribe la poesía como si él mismo fuera la naturaleza, y le agradece a la poesía por permitirle ese encuentro.



De sus obras más famosas, hoy elegí Los Narcisos (1804), donde deja al descubierto su profunda conexión con el entorno. Cada verso, cada estrofa de ese poema, es la misma poesía volando sobre las flores. En este poema, al encontrarse con el oro de los narcisos, el autor vuela; en su viaje se lleva ese campo dorado y lo compara con la inmensidad de las estrellas. A sus ojos y a su espíritu los visita la paz, y es allí donde se instala la poesía.

¿Vamos a volar con William Wordsworth?

LOS NARCISOS

Iba solitario como una nube
que flota sobre valles y colinas,
cuando de pronto vi una muchedumbre
de dorados narcisos: se extendían
junto al lago, a la sombra de los árboles,
en danza con la brisa de la tarde.

Reunidos como estrellas que brillaran
en el cielo lechoso del verano,
Poblaban una orilla junto al agua
dibujando un sendero ilimitado.
Miles se me ofrecían a la vista,
moviendo sus cabezas danzarinas.

El agua se ondeaba, pero ellas
mostraban una más viva alegría.
¿Cómo, si no feliz, será un poeta
en tan clara y gozosa compañía?
Mis ojos se embebían, ignorando
que aquel prodigio suponía un bálsamo.

Porque a menudo, tendido en mi cama,
pensativo o con ánimo cansado,
los veo en el ojo interior del alma
que es la gloria del hombre solitario.
y mi pecho recobra su hondo ritmo
y baila una vez más con los narcisos.

Y ahora les pregunto a ustedes: ¿Qué les produce este poema? Los invito a que no se queden en la superficie, sino a que se tomen un minuto para escarbar en su propia alma y me cuenten qué encuentran ahí.


¡Hasta la próxima!


https://open.spotify.com/intl-es/track/1NBK2h7QtwLXVaw3sLDmFd?si=87af08ad16844ace

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