ÍTACA
Hola, amigos. Antes de comenzar, los invito a dejarse acompañar con esta música.
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Aquí estoy en mi amado café, aunque no me hace falta verlos porque sé que están ahí. Hoy traigo el texto de Constantino Cavafis, Ítaca, y sobre él quiero comentar con ustedes la importancia, no solo del destino, sino del viaje en sí, que es la vida entera. Ahora, vamos a sumergirnos en el poema. Ubíquense en esa barcaza e imaginen ese mar , hoy les debería hablar.
Ítaca
Les cuento qué me quedó de esta joya literaria. Repasando todo lo que implica y significa, y que lo han explicado magistralmente tantos eruditos, yo traslado toda esta arquitectura literaria a nuestros días y me pregunto: ¿el legado que nos deja Ulises con su retorno a Ítaca, que para él significaba hogar, sabiduría, familia, identidad, lo adoptamos? ¿Valoramos nuestras raíces de manera tal? Es sabido que hoy, muchas veces (y soy discreta por no decir siempre), se margina al abuelo o la abuela; se los ignora, molestan, se los subestima; muchas veces se los trata como a discapacitados, no se los escucha. Se los calla.
Así, perdemos tanta sabiduría, ¡Dios mío! Pensar que el mundo se construyó bajo el consejo de los ancianos, a quienes antes se los tenía en el pedestal más alto de la sabiduría. No les preguntemos por la meta en sí, sino dejemos que nos transmitan sobre el viaje, sobre cómo adquirieron tanta sabiduría y fortaleza, cómo lograron vencer los cíclopes que nos presenta siempre la vida. Imagino que el poeta fue ese anciano sabio que, al escribir su poema, estaba afirmando y vivenciando la frase de Ulises:
“No hay nada más dulce que la patria y los padres propios” (Odisea, Canto IX).
Cerrando mi libro, me queda en limpio una idea que recojo de mi hermana naturaleza, la gran maestra de la humanidad:
No pretendamos ver crecer flores si se han cortado las raíces.
Ahora los dejo en silencio, para que permitan que sus almas se manifiesten. Ojalá me comenten qué movimientos espirituales se produjeron en sus espíritus, con este
¡Hasta la próxima!
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