Hola amigos, les doy mi más fraternal bienvenida a este café situado en los suburbios digitales, entre las calles Esperanza y Empatía.
Hoy nos visita alguien a quien imagino instalado allí, en ese espacio celestial destinado a los que de diversos modos han dejado un legado sagrado y trascendental. Cuando les hable de su obra más famosa, les juro que ¡hasta aquí voy a escuchar sus exclamaciones y suspiros! Y cuidado, no me vayan a volar los papeles.
Les doy unas pistas: vivió mirando el cielo y en el cielo. ¿Quién no se identifica con su famoso libro? ¿Quién no se deja cuestionar por esta obra? ¿Quién no despierta a su niño interior al leerlo? ¿Quién no aprende a mirar con los ojos del alma para ver aquello que es invisible a los ojos físicos?
Queridos amigos, hoy está con nosotros... Antoine de Saint-Exupéry, creador de ese tesoro, piedra preciosa y perla de gran valor: El Principito.
Quizás su mayor anhelo haya sido entrar en el cielo y, sin enterarse, entró en nuestras almas. Su avión surcó nuestras pistas para reconocer los terrenos y dejó su informe para miles de almas: un libro, un niño, un zorro y una rosa.
Parece mentira que un libro que tiene la apariencia de ser un texto infantil despierte nuestra capacidad de asombro, quizás para que no se duerma nunca más. Estaré con este tema hoy y mañana; hoy hablamos del autor y mañana... de los dos, porque no los puedo separar. Entonces es hora de soñar, cafecito en mano, allá vamos.
Antes de empezar con la personalidad tan exquisita de Antoine, les cuento que, como franciscana terciaria y profesa, he oído, inclusive en ambientes católicos, decir que Antoine era terciario franciscano. Pero no, no existe ningún documento que lo corrobore; al menos, sus biógrafos no lo han encontrado. El tema es que hay tanta afinidad entre Antoine y el franciscanismo que por tal motivo surgió esa creencia.
¿Entonces qué es lo que nos hace pensar que Antoine fue miembro de la orden seglar franciscana? ¿Qué nos hermana tan profundamente a los franciscanos con él?
En primera instancia, en el ámbito religioso es muy común nombrar "terciarios" a aquellos autores que, sin haber hecho votos dentro de la OFS, se han identificado y han difundido el carisma de Francisco de Asís. Veamos algunos puntos de encuentro entre el autor y Francisco:
El amor por los animales y la creación: Así como San Francisco, Antoine hablaba con las aves y creó esa única y maravillosa relación entre el Principito y el zorro, basada en el respeto, la paciencia y el acto sagrado de «crear lazos».
La mirada desde el corazón: Para todo franciscano, la humildad es la base de todas las virtudes y el arma poderosa contra la soberbia, que es el origen de tantas maldades y vicios. La obra de Antoine se basa en esa misma simplicidad.
El despojo material y la fraternidad: Tanto Francisco como Antoine coinciden en que las posesiones materiales ciegan al hombre y que la verdadera riqueza está en el servicio, el amor y la entrega a los demás, siendo ambos fieles a la ley del Señor: "Haz por los demás lo que quieras que hagan contigo".
El espíritu de paz en tiempos de conflicto: San Francisco fue a dialogar en medio de las Cruzadas; Saint-Exupéry, volando en la Segunda Guerra Mundial, escribía sobre la paz, la reconciliación y el amor a la humanidad.
¿Quién y cómo era Antoine?
Antoine de Saint-Exupéry nació el 29 de junio de 1900 en Lyon, Francia. A los cuatro años de edad pierde a su padre, y ese hecho hace que entre, pese a su corta edad, en la pedagogía del sufrimiento, desarrollando una sensibilidad que mantuvo y cultivó durante toda su vida.
Yo lo veo al revés: un hombre que iba haciéndose cada vez más niño, conservando la pureza de la infancia. Fue educado por jesuitas y siempre tuvo dos pasiones: la poesía y la mecánica. No solo le apasionaba volar, sino que al hacerlo su espíritu remontaba un vuelo muy alto; para él, el espacio aéreo era su claustro filosófico y poético, y allí desarrollaba la contemplación, descubriendo mirando el cielo aquello que los ojos físicos no ven. Y todo nos lo dejó escrito.
Su personalidad era una combinación fascinante entre la acción y la contemplación:
Un alma sensible y nostálgica: Guardaba un profundo amor por la infancia. Para él, los niños poseían una sabiduría y una capacidad de ver lo invisible que los adultos lamentablemente van perdiendo con los años.
Profundamente humanista y reflexivo: A través de sus viajes por los cielos y los desiertos, no solo estudiaba los terrenos, sino que se dedicaba allí arriba, en el inmenso cielo, a pensar sobre la soledad, el valor de la amistad, la responsabilidad hacia los demás y el sentido de la vida.
Aventurero y melancólico: Tenía un espíritu valiente para volar en épocas donde la aviación era sumamente peligrosa, pero al mismo tiempo cargaba con una tristeza poética por las guerras que le tocó presenciar.
En 1944 se alista nuevamente y sale el 31 de julio de un viaje de reconocimiento desde Córcega. Nunca volvió. Un brazalete con su nombre fue hallado en el mar Mediterráneo en 1998, pero los restos de su avión se encontraron recién en el año 2000.
Para cerrar este encuentro, amigos, me hago y les hago esta pregunta:
¿Qué sentimos al mirar el cielo?
Invito a todos que me cuenten cuando miran el cielo qué les produce.
Los espero mañana junto al autor, un niño, un zorrito y una rosa. Pónganle ustedes el nombre. Nos encontramos mañana para la segunda y última parte de este bendito autor. ¡Los espero!



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