viernes, 24 de julio de 2026

500 ROSAS

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««Hola, queridos amigos: mientras preparo la segunda parte de nuestro encuentro en el café literario, hoy quiero hacerles un regalo que sale directamente de mi corazón. Les comparto este cuento titulado "500 rosas".  Un cuento que nació luego de un accidente que tuve que marcó mi vida para siempre y a partir de allí creo que Dios me obligó a sentarme a escuchar estas angelicales voces y darles vida en mis textos. Ojalá estas líneas les abran una ventana de luz en su día.»

500 Rosas

Con dificultad, abrí los ojos. Veía borroso. Una superficie blanca, luces titilantes y, más abajo —aunque todavía por encima de mi posición—, tres sombras que parecían sentadas a mi alrededor. Volví a cerrar los ojos. Descansé un momento y los abrí de nuevo, ya un poco más lúcida. Descubrí que aquella superficie era el techo y que yo estaba tendida en el piso de algún lugar. Esas tres siluetas me parecieron ángeles; por eso llegué a pensar que quizás estaba muerta. No me asusté. Me dormí.

Desperté cuando me trasladaban en una camilla. Miré hacia atrás: allí quedaban tres amigas que me saludaban con las manos en alto. Miré el suelo y sentí que allí mismo se cerraba una etapa de mi vida; ya no sería la misma. Me recosté y disfruté de la despedida que me hacían las aves, mis grandes y entrañables amigas, desde las coníferas de aquel paraíso. Se habían acomodado todas juntas; me miraban con fijeza y parecian cantar. Pude entender claramente que me decían: «¡Cuidate mucho, hermana!». Las despedí enviándoles besos al aire y, por supuesto, llorando. La ambulancia arrancó. Allí quedó mi pasado.

Seis meses después, una tarde, dejé el ordenador por un rato. Escribir se había convertido ya en lo definitivo para mí; quizás el accidente me había honrado con esta, mi verdadera vocación, que nunca antes había podido atender. Tomé mi bastón y salí dispuesta a adornar mi jardín con nuevas flores.

Cuando entré al vivero, tropecé sin querer con un pequeño ciprés.

—¡Eh, doña, fíjese por dónde camina! ¡Me embocó con su bastón! ¡Me despeinó todo!

—Perdone, mi amor, no lo quise molestar.

—¡Pst... pst! —escuché de pronto.

Me di vuelta para ver quién me llamaba: era una de las rosas que estaba en el otro pasillo.

—¿Me llamaste, hermanita?

—Sí, sí... ¡Salte y véngase por acá! Le quiero pedir algo.

—Pero no puedo, preciosa. Estoy recién operada, no puedo saltar.

—¿Por qué los humanos son tan complicados, doña? A ver, cierre los ojos y salte con la imaginación. ¡Úsela!

Lo hice. Y cuando abrí los ojos, casi me caigo del susto por el salto que di... sin darlo.

—¿Vio, doña? ¡Use la imaginación, mujer! Ahí va mi pedido, escuche: vamos a morir porque quieren hacer ramos con nosotras. ¡Sálvenos, no nos deje morir!

—Pero ¿cómo me llevo quinientas rosas? ¿Y cómo las pago, mi amor, si no tengo plata?

—¡Con la imaginación, doña! Cuando usted abra su cuaderno y tome la birome... ¡Entraremos todas con vida!

—Insistan, chicas, que ahí adentro vivimos muchos —aconsejó un colibrí desde la copa de un limonero.

—Y fíjese si queda un lugarcito para mí, doñita —susurró el limonero, un poco avergonzado.

—Sí, mi pequeñito... pero explicame: ¿Cómo escribo una historia con quinientas rosas?

—¡Y doce limoneros!

—¡Y veinticuatro cipreses! —gritaron a coro desde el fondo.

—Es que nuestro Papá nos dijo: «Busquen a una loca con bastón y vivirán» —explicó la rosa, muy segura de sí misma.

—¡Ah, bueno! ¡Gracias por lo de loca! —reí—. A ver... ¿Están preparados? ¡Me los llevo a todos!

Me aturdió el bochinche alegre que armaron en el vivero, y feliz, cerré los ojos.



«¿Qué aroma o qué recuerdo les despertaron a ustedes estas 500 rosas? Me encantará leerlos aquí abajo.»




 

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