viernes, 29 de mayo de 2026

La Cueva franciscana: El detrás de escena de "Locura franciscana"


 

Hola, amigos lectores:

Hace unos días compartí con ustedes "Locura franciscana" y todavía tengo el corazón latiendo fuerte por la hermosa recepción que le dieron. Hoy quise abrirles las puertas de la cocina de mi escritura para contarles qué hay detrás de esas líneas, porque un libro no nace de la nada; nace de una necesidad imperiosa del alma.

Cuando empecé a delinear el espíritu de Francisco, me movía una urgencia profunda por transmitir un mensaje que va más allá de las palabras comunes. Quería hablar de esa entrega absoluta, de esa fe que a veces el mundo moderno tacha de "locura", pero que es la única fuerza capaz de sanar los rincones más oscuros del dolor humano.

En la intimidad de mi mesa de trabajo, mis manos a veces no mandan; son las ideas las que atropellan el teclado. Y no crean que solo son las ideas, también  los personajes, y sobre todo los míos, que gozan de total libertad y muchas veces me dictan lo que tengo que escribir. Sí, no se rían, es así de simple



Buscando la mejor manera de mostrar el verdadero mensaje de Francisco, comprendí que su espíritu necesitaba volar libre, sin las ataduras de nuestra realidad. No supe cómo retratar mejor su pureza y su acción que transformándolo en una criatura de la naturaleza, ya que él llamó a todos "hermanos". Así fue como, en un destello de inspiración, Francisco encontró su voz y su destino convertido en alondra; sí, amigos, así se presentó en mi hoja en blanco,
como la más pura alondra.

¿Pueden creerlo? Así nacieron estas historias que contiene mi libro: El regreso de las almas perdidas. Me sucede que, cuando tengo una idea, los personajes aparecen solos, y en este caso me encontré inmersa en el contacto estremecedor con los habitantes del silencio, su inocencia, ternura, alegría y resiliencia. Y un humor que nace de la felicidad de la aceptación de la realidad, algo que a los humanos nos cuesta tanto entender.

Ellos tomaron mi pluma y mi cuaderno; cada cuento salió solo, la pluma la guió el espíritu franciscano.



Esa transformación no fue un capricho literario: fue la respuesta que encontré para dar fe de que las almas que parecen perdidas, en realidad, siempre encuentran el camino de regreso si se animan a desplegar las alas y no desalojan la esperanza de sus vidas.

Son tres historias donde, más allá del extraño elenco de personajes, hay heridas que solo la mirada de los "habitantes del silencio" sabe cómo sanar.

Si la breve pincelada que leyeron el otro día les tocó una fibra íntima, los invito a conocer la cocina completa de este universo y a ver a Francisco en plena acción. Su historia, su vuelo y su misterio están desarrollados con todo mi amor en mi colección de relatos.

Aquí les dejo un fragmento del primer cuento, espero que lo disfruten.

***

UN LOCO EN EL OLIVO

CUENTO N° 1

Ríete niño, que te tragas la luna cuando es preciso. Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en los ojos la luz del mundo.”

                                                                                           -Federico García Lorca 


CAPÍTULO I (fragmento)

El olivo, la luna y las lágrimas

    Hay momentos en la vida en que por diferentes razones buscamos estar solos para escapar del bullicio y de la gente. Casi siempre recurrimos, inconscientemente o no, a la naturaleza: el campo, un bosque, el mar, un prado, un jardín, etc. 

Quizás lo hacemos porque necesitamos protección y poder revelar nuestros secretos.

La naturaleza nos escucha y nos abraza. Pero… ¿de verdad creemos que allí estamos solos y que las lágrimas liberadas en ese espacio desaparecen o son derramadas en vano? Te cuento algo:

Una noche, la gran luna llena iluminaba el pequeño fondo de una vieja casona de Banfield. Ese lugar había sido diseñado con un tupido jardín rodeado de altas paredes cubiertas en su totalidad por hiedras, jazmines trepadores y otras enredaderas. A lo largo de esas paredes habían construido profundos canteros, donde plantaron distintos tipos de plantas arbustivas, algunas colmadas de flores y otras con distintos tonos de verdes que embellecían aún más el lugar. 

Había: palmeritas enanas, arces japoneses, un magnolio, más allá el árbol de judas, en otro cantero unos cipreses y en una de las esquinas un olivo muy frondoso. También había diferentes tipos de margaritas, jazmines y tantas flores más.

En el centro una pérgola llena de glicinas cubría un lugar de trabajo. Allí había un cómodo sillón con almohadones en tonos crudos, una mesita y una jaula de pie, hogar del canario Tomás.

Entre los arbustos habían colocado distintos llamadores de ángeles, escondidos y gigantes, que con el viento emitían sonidos que hacían más paradisíaco al lugar. 

El olivo plantado en un profundo macetón se había adaptado a crecer hasta cierta altura. En él se refugiaban distintos tipos de pájaros; así al pequeño jardín no le faltaba un fondo musical. El suelo estaba cubierto por césped y caminitos de piedras blancas. En ese entonces, la primavera había adornado las flores con un brillo especial.

En esta casona vivía Ubaldina Castillo, a quien de aquí en adelante llamaremos Ubi,  una joven escritora de cuarenta y dos años; de un carácter adusto exacerbado por un reciente divorcio. Su madre y Elvira, la señora encargada de la limpieza, iban todas las mañanas para acompañarla, ya que Ubaldina atravesaba una profunda depresión.

Esa noche, la luna iluminaba plenamente el lugar, tanto que el sillón parecía estar enfocado por un reflector. Ubi salió de su cuarto que daba justo al jardín y, sin pensarlo, ocupó el sillón. Había tenido una terrible pesadilla y comenzó a llorar.

 Entre las ramas del olivo se percibía un pequeño movimiento pese a que era una noche sin viento.

Ubaldina miró al árbol sin especial atención y siguió llorando y hablando sola:

—¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué, Dios mío? ¡No soporto tanto dolor! —dijo a la vez que lloraba desconsoladamente.

Mientras tanto, en el olivo se podían escuchar otras voces que entablaban una conversación:

—¡Ay! ¡Empezamos mal! ¡Esta mujer está hablando sola! ¿Dónde me mandaste?

—dijo una alondra posada en una de las ramas del olivo.

—Hermano, tienes una misión que cumplir, así que no te importe nada más — así habló con una voz extremadamente suave desde lo más alto del árbol, una lechucita llamada Lucy a la que nadie podía ver. 

—Bueno, está bien. A ver si encuentro una ramita más baja, creo que voy a estar más cómodo —dijo Loquillo, la alondra, mientras buscaba un lugar para acomodarse.

—¡Shh! ¡Más respeto! ¿No ven que estoy durmiendo? ¿Acaso no se dan cuenta de que deben hacer silencio a estas horas? —dijo Tomás—. No he podido pegar un ojo y dentro de un ratito tengo que soportar a los coros madrugadores, así que guarden silencio, por favor., 

Ubi miró a Tomás y al olivo, y siguió en lo suyo sin entender lo que pasaba.

—Perdón —dijo la alondra dirigiéndose a Ubi—, ¿Qué te sucede? ¿Te molesto?

¿Querés charlar conmigo?

Tomás, completamente desvelado, sacó su cabecita por las rejas de la jaula y miró a su alrededor asombrado...

***

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El Regreso de las Almas Perdidas: Un viaje hacia la sanación

, generada por IA

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