domingo, 28 de diciembre de 2025

Los Viajes de Renata





La noche fue mi anfitriona

Habíamos dejado atrás las fiestas de fin de año y sentía que no estaba en mis mejores momentos, discutía,  sentía desasosiego y  había perdido la capacidad de asombro.  Me habían abandonado: la paciencia, la empatía y lo más peligroso había perdido la alegría. 

Cada día me costaba más cumplir las rutinas diarias, como  atender a mis padres ancianos y cumplir con mi profesión.    Ni siquiera pudo ayudar la terapia o  no quise colaborar, que   es lo que generalmente pasa. La pendiente se me acercaba sin que yo lo evitara . No me conocía y por temor de llegar a  herir a mis seres queridos tomé una decisión, emprendería un viaje  sin vencimiento para encontrarme, sí, eso haría : buscarme.. Tan segura estaba que de alguna manera Dios iba a rescatar a su oveja perdida. porque así me sentía: perdida.

Elegí como primer destino un complejo franciscano situado en las sierras en medio de la nada. Cuando llegué,  cumplí con los trámites de registro y  me adjudicaron un cuarto  en el primer piso. Allí tenía una vista panorámica única; miré mi reloj y estábamos en el atardecer. Dejé todo como estaba y desde mi ventana pude apreciar el extenso jardín rodeado de sierras que parecía llamarme, no lo pensé  y corrí a su encuentro

Sentada en el césped de ese  jardín serrano, esperé a que anocheciera. No estaba sola; las sierras, el silencio y el cielo me acompañaban y una soledad abismal, nos envolvía. Oscureció de manera tal que  hasta la luna estaba ausente. Esperaba… no sé qué, alguna señal, algo tenía inquieto a mi espíritu y yo no intervenía. Había huido de mí para poder encontrarme.

El cielo palpitaba  bordado divinamente con una muchedumbre de lentejuelas plateadas . Miles de ellas parecían haberse desprendido de aquel azul intenso   y me rodeaban. De la nada, apareció una lechucita. Estaba tan alta que parecía un habitante del cielo. Bailaba entre las estrellas una danza lenta, con círculos, picadas y elevaciones. Quedé anonadada, me desprendí de mí y encontré otra parte de mí. Esa fue la primera noche de mi largo viaje.

Antes de que amaneciera, me levanté del piso del infinito jardín y caminé entre las miles de luciérnagas que me habían acompañado. Les sonreí y ellas me abrieron el  paso. Para llegar al albergue, debía caminar junto al río montañoso que lo rodeaba. Lo admiré, me agaché, toqué sus aguas y no pude con mi genio.

—Hola, señor murmurador.

—Ja,ja,ja, al fin nos encontramos. Contame, pero adivino a quién andás buscando.

—Ya sé que ustedes saben más que yo, ya lo sé, hermanito. Pero quiero hacerte una pregunta.

—Ni lo menciones, te ahorro el trabajo. ¿Me preguntás quién es Dios?

—Exacto, hermano. Vengo de muy lejos buscándolo porque me perdí en los laberintos de la vida y solo sé que al encontrarlo, al fin me encontraré. Pero verás que tampoco tenés  la respuesta, no te ofendas.

—Bueno, ejem... ejem... ¿Tenés para anotar?

—¿Hace falta?

—Convengamos que no.

—¿Entonces?

—Me has subestimado, Renata.

—No fue mi intención, créeme. Pero, ¿acaso alguien puede darme esa respuesta, hermano río?

—Muy bien, vos anotá, ahí va: cuando entres a tu cuarto, cierra la puerta, quédate en silencio y escucha. Y… hasta aquí mi explicación.

—¿Y? —en el río parecieron dibujarse dos transparentes y grandes ojos que hablaban por sí. y me miraban y lo sentía parte de mí, es decir me sentí parte de todo y antes que siguiera con mi anonadamiento escuché.

Sigue esa voz —solo contestó. 

El río siguió su curso  emitiendo su suave murmullo y su melodía era parte de aquel cuadro que tenía frente a mí donde parecía que el tiempo desaparecía y solo vibraba la vida. Feliz y ansiosa  fui hacia mi cuarto.

Cuando llegué fui directo a la ventana que daba al jardín. Desde allí, veía y oía perfectamente al río y mi piel sentía  su fresca caricia. Sonreí y lo saludé desde la ventana.

Decidida a seguir su consejo,  me acomodé en un sillón para empezar mi diálogo con Dios. Tomé mi Biblia y mi rosario, pero al rato comprendí que conversar con Dios es otra cosa. Dejé todo y traté de normalizar mi inquieta respiración. Noté una sonrisa en mi rostro, estaba expectante y quedé en extrema atención. ¿Qué me diría Dios? ¿Vería que, al buscarlo, yo me estaba buscando a mí misma? ¿Y por qué sentía la seguridad de que al encontrarme con Dios, me volvería a encontrar?

Mi reflexión era tan profunda que parecía como  que alguien me estaba interpelando. Me asusté, porque sentí el lazo que me unía a algo inmenso.  En esa compañía mi físico se sintió rígido. Fue una presencia que en  un instante, me aplastó sin tocarme y  dejé de sentir el peso de mi cuerpo. Me volví a acomodar y de golpe, sentí como que había perdido el contacto con la ley de gravedad, o había entregado mi cuerpo a la ley de gravedad, tal  era mi confusión. Por las dudas, miré hacia abajo, pero  mis pies estaban firmes. Sonreí, me tranquilicé, y al fin empecé a orar.

“Padre, no me encuentro más, me siento extraña dentro de mí …muy dispersa; no encuentro Tu camino, ni siento Tu amor aunque, sin embargo, sé muy bien que me amas, de eso no tengo dudas, por eso te busco y lo he dejado todo hasta encontrarte,   Padre mío ¿En qué momento me perdí? ¿En qué momento mi alma escapó y no la encuentro? ¿Cómo es tu amor por mí, Padre? No quiero amarte obligatoriamente, quisiera llegar a Ti enamorada, no quiero la vulgaridad de amarte solo con los labios., me resisto a ello. Quizás por eso huí de mí. No quiero eso, Señor. Al amarte, quiero hacerlo con mi cuerpo, mi alma y mi espíritu, solamente  así me encontraré, no quiero otra versión mía, quiero que mi alma arda de amor por Ti sólo  entonces sabré quién soy y seré libre”.

De pronto y sin mi intervención  esa  paz y alegría que sentí al entrar en el cuarto se tornaron en tristeza y lágrimas.

Así, en silencio y soledad, cerré la ventana porque el frío ya lo sentía en mis brazos, así que me dirigí a buscar un abrigo al ropero. Al abrirlo, cayó una pila de cartones que me hizo ir ligeramente hacia  atrás. Agarré esos pedazos y su olor me hablaba del tiempo que habían permanecido allí.  Al tocarlos sentí cierta tibieza y al tratar de acomodarlos, descubrí que eran los restos de una enorme caja.

Ese episodio me llevó a un recuerdo que atesoro en mi corazón. Recordé un día en el desayunador del templo que atendemos los terciarios franciscanos, en la iglesia Nueva Pompeya. Con ellos en mis manos, sin evitar una sonrisa que reemplazó las lágrimas, o mejor dicho lágrimas y sonrisas juntas ,en suma paz   me senté a recordar aquel día.

“—A ver, ¿alguien quiere repetir? No tengan vergüenza. Miren que ahora ya me siento y desayuno con ustedes. Cuéntenme, ¿Qué es Dios para ustedes? ¿Quién quiere hablar primero?

Un silencio general cubrió el lugar. Miré a un chiquito de catorce años que recién llegaba, encorvado, descalzo y parecía llevar en su espalda el peso de su cruz. Se cubría del frío con grandes cartones. Rápidamente le conseguimos ropa abrigada del templo y le serví el desayuno. El jovencito no era de raza negra, pero su piel era de color carbón por los meses que hacía   que  no se higienizaba.

Para salir del incómodo silencio le pregunté:

—Hola, contame, chiquito, ¿Qué pensás de Dios?

Me miró, pero rápido esquivó la mirada para seguir comiendo. Sus ojos estaban fijos en los pastelitos, así que le pregunté:

—Contame y sentite cómodo. Mirá, te cuento algo —le dije, tomando un pastelito que empecé a comer  y me senté a su lado—. Esta parte de la reunión es lo que más me gusta —me miró y comía ya con más confianza.

—¿Sabés por qué? Porque ustedes me dan clases magistrales. Así que, mientras desayunamos, contame ese tesoro que tenés en el corazón, hermano, que estoy ansiosa por escucharte.

Creo que lo incomodé—. Por favor, no te sientas obligado, solo charlemos un rato.

Comió con todos un poco más confiado, se atrevió y dijo casi balbuceando mientras acomodaba el último pedacito de pastelito que conservaba en sus manos como el mayor tesoro, dijo:

—Me asusta, doña —seguía mirando su pastelito, pero había quedado pensando  o sintiendo en su espíritu el fuego del amor  divino que lo estaba envolviendo.

—¿Quién te asusta? Explicame un poquito, así seguimos hablando, porque no entendí —mientras  seguimos comiendo los dos.

—Sí, doña, me asusta cuando lo miro.

—¿A quién? — —A Jesús. —me respondió. 

Noté que sus ojos, que minutos antes me miraban con desconfianza cambiaron al mirar al crucifijo. Lo miró de una manera que parecía comprender el sufrimiento de Jesús fue una mirada de hermano a hermano. En ese instante tan corto noté que miró al crucifijo de manera distinta que me miraba a mí.

—No entiendo, chiquito.

—Doña, me asusta …¿cómo va a morir así por amor a nosotros, está loco?

Nos quedamos los dos en silencio, y para que él no se sintiera incómodo ante mi sorpresa y creyese que había hablado mal o algo así, salí de mi silencio y le dije:

—¿Ves, hijo? Yo sabía que en tu corazón guardabas una perla preciosa, y hoy Dios me permitió encontrarla.

Me levanté, me temblaba todo, y lo abracé fuerte como para recibir su espíritu.

Un chiquito perdido por las drogas, durmiendo en la calle, descalzo y desnudo, sin embargo, sentía el tamaño del amor de Dios. ¡Y cómo lo sentiría, que llegaba a asustarlo! Recordé las escrituras y a Jonás, que escapó. ¿Acaso a este chico no le estaría pasando lo mismo? ¿Huiría  de semejante amor tan grande, tan loco? Mi mente seguía opinando sin ruido.

Quedé en silencio. El joven creo que se dio cuenta de mi emoción y esta vez me miró igual que miró al crucifijo. No sonrió, pero vi que sus ojos brillaban; lo tomé fuerte y le di un beso en la frente. Él tomó su último pastelito y me dijo:

—Doña, ¿puedo llevarme uno más?

—Sí, mi vida, esperá que te haga un paquetito. con varios.

Esperó, nos despedimos con un gran  abrazo, palmeé fuerte su espalda y se fue con otra mirada y  su espalda ya no la llevaba encorvada. Salió tan erguido como que un hilo invisible tiraba hacia arriba su coronilla.

Esa noche, a mí también me asustó la voz de Dios y la forma que tiene de respondernos. Me dormí en paz, porque en el laberinto en el que yo estaba había descubierto a través de ese recuerdo un nuevo camino  que me llevaría a descubrir ese amor volcánico de Dios. Un camino lleno de luces para seguir con mi búsqueda, quizás el mismo que descubrió el niño aquel. “Mañana continúo mi viaje” fue lo último que pensé y me dormí.




 


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