viernes, 29 de mayo de 2026

La Cueva franciscana: El detrás de escena de "Locura franciscana"


 

Hola, amigos lectores:

Hace unos días compartí con ustedes "Locura franciscana" y todavía tengo el corazón latiendo fuerte por la hermosa recepción que le dieron. Hoy quise abrirles las puertas de la cocina de mi escritura para contarles qué hay detrás de esas líneas, porque un libro no nace de la nada; nace de una necesidad imperiosa del alma.

Cuando empecé a delinear el espíritu de Francisco, me movía una urgencia profunda por transmitir un mensaje que va más allá de las palabras comunes. Quería hablar de esa entrega absoluta, de esa fe que a veces el mundo moderno tacha de "locura", pero que es la única fuerza capaz de sanar los rincones más oscuros del dolor humano.

En la intimidad de mi mesa de trabajo, mis manos a veces no mandan; son las ideas las que atropellan el teclado. Y no crean que solo son las ideas, también  los personajes, y sobre todo los míos, que gozan de total libertad y muchas veces me dictan lo que tengo que escribir. Sí, no se rían, es así de simple



Buscando la mejor manera de mostrar el verdadero mensaje de Francisco, comprendí que su espíritu necesitaba volar libre, sin las ataduras de nuestra realidad. No supe cómo retratar mejor su pureza y su acción que transformándolo en una criatura de la naturaleza, ya que él llamó a todos "hermanos". Así fue como, en un destello de inspiración, Francisco encontró su voz y su destino convertido en alondra; sí, amigos, así se presentó en mi hoja en blanco,
como la más pura alondra.

¿Pueden creerlo? Así nacieron estas historias que contiene mi libro: El regreso de las almas perdidas. Me sucede que, cuando tengo una idea, los personajes aparecen solos, y en este caso me encontré inmersa en el contacto estremecedor con los habitantes del silencio, su inocencia, ternura, alegría y resiliencia. Y un humor que nace de la felicidad de la aceptación de la realidad, algo que a los humanos nos cuesta tanto entender.

Ellos tomaron mi pluma y mi cuaderno; cada cuento salió solo, la pluma la guió el espíritu franciscano.



Esa transformación no fue un capricho literario: fue la respuesta que encontré para dar fe de que las almas que parecen perdidas, en realidad, siempre encuentran el camino de regreso si se animan a desplegar las alas y no desalojan la esperanza de sus vidas.

Son tres historias donde, más allá del extraño elenco de personajes, hay heridas que solo la mirada de los "habitantes del silencio" sabe cómo sanar.

Si la breve pincelada que leyeron el otro día les tocó una fibra íntima, los invito a conocer la cocina completa de este universo y a ver a Francisco en plena acción. Su historia, su vuelo y su misterio están desarrollados con todo mi amor en mi colección de relatos.

Aquí les dejo un fragmento del primer cuento, espero que lo disfruten.

***

UN LOCO EN EL OLIVO

CUENTO N° 1

Ríete niño, que te tragas la luna cuando es preciso. Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en los ojos la luz del mundo.”

                                                                                           -Federico García Lorca 


CAPÍTULO I (fragmento)

El olivo, la luna y las lágrimas

    Hay momentos en la vida en que por diferentes razones buscamos estar solos para escapar del bullicio y de la gente. Casi siempre recurrimos, inconscientemente o no, a la naturaleza: el campo, un bosque, el mar, un prado, un jardín, etc. 

Quizás lo hacemos porque necesitamos protección y poder revelar nuestros secretos.

La naturaleza nos escucha y nos abraza. Pero… ¿de verdad creemos que allí estamos solos y que las lágrimas liberadas en ese espacio desaparecen o son derramadas en vano? Te cuento algo:

Una noche, la gran luna llena iluminaba el pequeño fondo de una vieja casona de Banfield. Ese lugar había sido diseñado con un tupido jardín rodeado de altas paredes cubiertas en su totalidad por hiedras, jazmines trepadores y otras enredaderas. A lo largo de esas paredes habían construido profundos canteros, donde plantaron distintos tipos de plantas arbustivas, algunas colmadas de flores y otras con distintos tonos de verdes que embellecían aún más el lugar. 

Había: palmeritas enanas, arces japoneses, un magnolio, más allá el árbol de judas, en otro cantero unos cipreses y en una de las esquinas un olivo muy frondoso. También había diferentes tipos de margaritas, jazmines y tantas flores más.

En el centro una pérgola llena de glicinas cubría un lugar de trabajo. Allí había un cómodo sillón con almohadones en tonos crudos, una mesita y una jaula de pie, hogar del canario Tomás.

Entre los arbustos habían colocado distintos llamadores de ángeles, escondidos y gigantes, que con el viento emitían sonidos que hacían más paradisíaco al lugar. 

El olivo plantado en un profundo macetón se había adaptado a crecer hasta cierta altura. En él se refugiaban distintos tipos de pájaros; así al pequeño jardín no le faltaba un fondo musical. El suelo estaba cubierto por césped y caminitos de piedras blancas. En ese entonces, la primavera había adornado las flores con un brillo especial.

En esta casona vivía Ubaldina Castillo, a quien de aquí en adelante llamaremos Ubi,  una joven escritora de cuarenta y dos años; de un carácter adusto exacerbado por un reciente divorcio. Su madre y Elvira, la señora encargada de la limpieza, iban todas las mañanas para acompañarla, ya que Ubaldina atravesaba una profunda depresión.

Esa noche, la luna iluminaba plenamente el lugar, tanto que el sillón parecía estar enfocado por un reflector. Ubi salió de su cuarto que daba justo al jardín y, sin pensarlo, ocupó el sillón. Había tenido una terrible pesadilla y comenzó a llorar.

 Entre las ramas del olivo se percibía un pequeño movimiento pese a que era una noche sin viento.

Ubaldina miró al árbol sin especial atención y siguió llorando y hablando sola:

—¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué, Dios mío? ¡No soporto tanto dolor! —dijo a la vez que lloraba desconsoladamente.

Mientras tanto, en el olivo se podían escuchar otras voces que entablaban una conversación:

—¡Ay! ¡Empezamos mal! ¡Esta mujer está hablando sola! ¿Dónde me mandaste?

—dijo una alondra posada en una de las ramas del olivo.

—Hermano, tienes una misión que cumplir, así que no te importe nada más — así habló con una voz extremadamente suave desde lo más alto del árbol, una lechucita llamada Lucy a la que nadie podía ver. 

—Bueno, está bien. A ver si encuentro una ramita más baja, creo que voy a estar más cómodo —dijo Loquillo, la alondra, mientras buscaba un lugar para acomodarse.

—¡Shh! ¡Más respeto! ¿No ven que estoy durmiendo? ¿Acaso no se dan cuenta de que deben hacer silencio a estas horas? —dijo Tomás—. No he podido pegar un ojo y dentro de un ratito tengo que soportar a los coros madrugadores, así que guarden silencio, por favor., 

Ubi miró a Tomás y al olivo, y siguió en lo suyo sin entender lo que pasaba.

—Perdón —dijo la alondra dirigiéndose a Ubi—, ¿Qué te sucede? ¿Te molesto?

¿Querés charlar conmigo?

Tomás, completamente desvelado, sacó su cabecita por las rejas de la jaula y miró a su alrededor asombrado...

***

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El Regreso de las Almas Perdidas: Un viaje hacia la sanación

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lunes, 25 de mayo de 2026

Locura Franciscana

 


¡Hola , amigos! Hoy quiero compartir algo de la locura franciscana y elegí un fragmento de una poesía que fue inspirada en la bellísima leyenda del lobo de Gubbio.

Antes, quiero hablar un poco de Francisco de Asís, conocido también como "el loco de Asís", "el Poverello" o "Espejo de Cristo", y para la Iglesia Católica, San Francisco de Asís. Yo me referiré a él como un hombre y como un verdadero hermano, por fuera de todo credo. No quiero subestimar el conocimiento de los lectores, ya que quién más, quién menos, todos conocen su biografía o, por lo menos, habrán visto alguna de sus tantas películas; convengamos en que es un personaje conocido en todo el universo.

Al recorrer su vida, no puedo evitar entrar en su órbita y comenzar a amar. ¿Qué cosa? Todo. Absolutamente todo lo que forma parte de la naturaleza.

Lo más sobresaliente es que Francisco fue un joven descarriado: ostentoso, derrochador, nochero, pandillero, juglar... un loco que no soportaba a los leprosos y vivía de fiesta en fiesta. Sin embargo, siempre rescato dos virtudes de él, aun en los tiempos en que vivía al margen de Dios: una natural y poderosa alegría, y su prodigalidad. Virtudes que, en ese entonces, estaban muy desordenadas porque él vivía para afuera.

Cuentan sus biógrafos que su alegría permanente ya asustaba en la cárcel. Cuando fue tomado prisionero en la guerra, sus amigos no podían creer el derroche de alegría de este joven estando en una situación donde ni siquiera sabían cuál sería su final. Incluso cuando estaba agonizando, él cantaba y cantaba, de manera tal que los que lo rodeaban le dijeron que no era bien visto que una persona tan grave cantara. Bueno, esa era “teóricamente” la voz del mundo normal; pero Francisco ya no pertenecía a ese mundo, por eso lo llamaron loco.

Era terriblemente ambicioso. ¿De dinero? No, porque venía de una familia adinerada. Francisco ambicionaba la gloria: convertirse en caballero, ese era su sueño.

Hasta que una noche en Spoleto, cuando iba con todos los atavíos de un gran guerrero, con escudo y banderas hacia la guerra, algo le pasó. Sus biógrafos dicen que pudo haber sido un sueño; personalmente creo, sin lugar a dudas, que fue una locución divina o una visión, porque Francisco ya no fue nunca más el mismo. Un joven en su plenitud no sufre, por ningún motivo, un cambio tan potente que haga que su vida dé un giro copernicano.

Entró en un estado en el que yo misma entro cuando lo estudio: el de fijar los ojos en lugares que diariamente ignoramos. Descubrió que existe todo un mundo que nos espera, que nos habla, que nos canta, que llora, que ríe, que sufre, que gime, que brama: la hermana naturaleza.

La conversión de Francisco no fue de un día para otro. Imaginemos una escultura de Miguel Ángel que van descubriendo, un día una parte, otro día otra, hasta descubrirla entera. Así sucedió con él: un día se anonadó ante el sol, la luna y todos los astros; luego contempló la noche y ese cielo bordado tan divinamente; recorrió los bosques, disfrutó el oxígeno, se maravilló ante la pureza del agua, la grandeza de un gusanito —el más pequeñito— y el más sutil yuyito...

Miren, escribo esto y me lleno de emoción, porque personalmente Francisco me enseñó a contemplar el divino regalo que Dios hizo al hombre: nuestro planeta.

Finalmente, Francisco se arrodilló ante los leprosos y lloró intensamente al escucharlos. ¿Se imaginan que lloró ante sus discapacidades? No. Francisco lloró por su pasado, por los días en que se tapaba la nariz al pasar cerca de un leproso o cuando los esquivaba. Así fue tocado Francisco, quien vagó mucho tiempo solo por el bosque observando las maravillas de la creación.

Desde esta perspectiva entenderemos, entonces, la poesía que les voy a compartir. No se llega a ese nivel de amor, empatía y profundidad ante un lobo feroz —o ante un delincuente feroz— sin antes haber recorrido este camino.

***



Los motivos del lobo (Fragmento)

(De Rubén Darío)

El varón de Asís miró al animal y cerca de él se sintió paternal;

habló al feroz de la casta maldita:

—"Es verdad que eres una fiera maldita, pero en tu corazón hay una chispa divina.

Ven conmigo a la aldea, donde la fe ilumina..."

(...)

Pero el hombre volvió a su antigua maldad,

y el lobo, espantado de tanta crueldad,

dejó la aldea y corrió a la montaña.

Francisco lo buscó en su humilde cabaña y al verlo de nuevo en su monte sombrío, le dijo:

—"¿Por qué has vuelto al bosque, lobo mío?"

Y el lobo, llorando, le dijo:

—"Hermano, en el pueblo el hombre es peor que el villano. Roban, matan, mienten, infunden el miedo, yo en el bosque solo por instinto muerdo. ¿Por qué te volviste lobo?, me preguntas hoy... ¡Porque entre los hombres más seguro estoy!"

***


Aquel amanecer
(de Ana María Pereyra)


A veces me duermo tarde, casi cuando comienzan a cantar los ruiseñores. Creo que son parecidos en sus rutinas a los que nosotros, en Argentina, llamamos zorzales. Tengo entendido que el único pájaro que canta de noche es el ruiseñor, que en mi país no hay. Sin embargo, mis amigos zorzales empiezan a cantar indefectiblemente a las tres de la mañana, casi a la misma hora en que los frailes y los monjes entonan himnos de alabanza al Creador. Alguien dijo: “Amanece que no es poco”. 


Cierta noche, el insomnio fue el resultado de mis intentos de ordenar las ideas

para la intensa actividad apostólica que realizaba; entonces recordé esa frase,

dado que eran las cuatro y treinta de la mañana y aún no había podido dormir. Dios,

como siempre, deslumbra, y agradezco mi desvelo porque tuve el privilegio de

presenciar algo grandioso.

Los zorzales parecían haberse dado cita en los cuatro puntos cardinales,

ealmente anunciaban “maitines”. En ese entonces, vivía en una casa

ue tenía una piecita en la terraza a la que yo llamaba “mi Carmelo”;

allí había instalado una camita, una pequeña mesa donde escribía, una silla,

un mueble de caña que hacía de biblioteca, otra biblioteca muy viejita,

un ropero antiguo donde guardaba solo mis papeles y un mueble más pequeño para mi ropa.

Había colocado la mesita frente a la ventana

donde podía ver las copas de los árboles y algunos edificios muy altos,

aunque en mi pueblito no abundaban.

Generalmente, mis perritos y mi gato subían para estar conmigo; realmente era mi pequeño paraíso.

Saliendo de la pieza había una terracita techada que hacía de pequeño patio,

allí había colocado unos sillones de hierro muy viejitos y desbordaba de plantas:

muchos malvones, helechos colgantes, azaleas y, como es mi costumbre,

tenía un jazmín de flores celestes que amo y nunca me falta allí donde me toque vivir.

Había crecido casi como un árbol en un macetón

y un pícaro matrimonio de colibríes se había instalado allí y permanecían escondidos siempre;

a un costado, tres escalones llevaban a la terraza grande.

Como dije, esa noche no podía dormir.

Los zorzales entonaban sus más solemnes gorjeos, unos empezaban y luego callaban,

entonces otros ubicados frente a ellos contestaban.

Aún era de noche, las melodías de aquellas aves parecían los cantos gregorianos

que los monjes entonaban a dos coros.

Era algo hecho de prestar nada más que un poco de atención,

nunca tenía tiempo para observarlos.

Y realmente es tan maravillosa la Creación que

si nos tomamos de tanto en tanto espacios para contemplarla,

parece que Dios nos habla a través de sus criaturas.

Además, tenemos tanto que aprender de los animalitos

que nos perdemos esas cátedras por estar enroscados en nosotros mismos.

A medida que amanecía, se iban sumando las actividades de otras aves.

Los pájaros hacían tal bochinche, que salí para mirarlos,

porque parecía verdaderamente como un tráfico en la calle.

Cuando me asomé, me increparon los colibríes,

me advirtieron que no me acercara a su nido y

que no querían ser interrumpidos en su alabanza matutina al Creador,

me enfrentaron de una manera bastante fea; ¡tan chiquititos!

En cámara lenta entré a mi cuarto y me quedé quieta y en silencio,

comprendí a todos y traté de no contaminar ese celestial coloquio.

Me senté frente a la ventana y observé el regalo que esa mañana Dios me obsequiaba,

solo contemplé.

Zorzales, gorriones, tacuaritas, calandrias y ¡hasta loritos!

Los colibríes estaban también en esta actividad.

Como dije, en mi pueblito los edificios altos eran muy pocos y estaban en el centro.

De manera que desde mi terraza veía muy bien el espacio aéreo que tenía frente a mi ventana.

Todos volaban de un lado a otro,

las sendas que dibujaban en lo alto eran distintas a nuestras calles y caminos. ¡Tanto apuro!

¿Por qué corrían de esa manera? Preparando sus nidos, buscando alimento,

atendiendo a sus pichones, todo eso a toda velocidad.

Creaban un tráfico intenso. Unos se metían en la terracita y tomaban semillas de mis plantas,

otros pasaban volando con pajitas en sus picos. Los loros pasaban rápido y hablando entre ellos.

Como magistralmente lo entendió el poeta, lo tomo de él para repetirlo:

“Parecían ir gritando: «creo, creo, creo»”.

Un poco más alejadas, había palomas que observaban todo y

estaban muy quietas y en silencio; eran mis treinta amigas

que más tarde se acercarían a recibir el desayuno que les ofrecía todas las mañanas.

Muchos se perdían en el follaje de los árboles llevando alimento a sus pichones en sus nidos.

Mientras tanto, esos pichoncitos sumaban sus sonidos al coro,

pidiendo así el alimento a sus padres.

Hasta ahí, parecía una orquesta donde todos los músicos probaban y

ensayaban sus obras antes de comenzar la función. Tal cual.

Ante ese espectáculo, Dios me llevó a la siguiente reflexión:

pensé entonces que el planeta es de todos y

estos hermanos son tan dueños de él como los humanos,

entonces, ¿por qué el ser humano mata por placer a tantas aves?

No entiendo a los cazadores. En realidad, cuando se caza por necesidad

sí estamos dentro del plan de Dios, pero cuando se hace por deporte o entretenimiento…

¿Cuál es el derecho? O mejor dicho, ¿puede el derecho permitir matar por hobby?

¿No es incompatible?  Muchas veces cuido de no pisar hormiguitas porque,

generalmente, están trabajando o buscando su sustento.

Es cierto que el Altísimo le dio al hombre las llaves de la tierra,

pero no por eso tiene permiso para matar por placer y ejercer daño a Su Creación;

porque de Dios solo emana el Bien, el himno dice:

“que Dios no se arrepienta de haberle dado al hombre las llaves de la tierra”.

En ese amanecer medité muchísimo y pensé en la Creación que esa madrugada parecía hablarme.

Estaba recibiendo pedagogía divina.

De pronto, solo quedó un maravilloso coro y

lentamente fueron callando los otros sonidos.

Iba desapareciendo también el ruidoso tráfico

y cada uno se retiró hacia su nido o a volar por allí, pero todo se acomodaba nuevamente.

Mientras tanto, en lo alto y muy escondidos,

cantaban los solistas y un coro les  contestaba a los que permanecían invisibles a mis ojos,

eran los que cantaban solos y en ramas muy altas. Parecían realmente letanías.

Los árboles acompañaban con un suave movimiento producido por la brisa matinal,

parecía un original ballet o, quizás, ¿sería la propia música inaccesible para nosotros?

Dios me llevó a recordar el vaivén de las olas que también lo alaban de esa forma.

Tímidamente, asomaba la aurora sumando sus primeros rayos a todo ese maravilloso mundo,

preparando el camino para el hermano sol que

ya despertaba aportando su calor y tiñendo delicadamente la copa de los árboles.

Presenciaba una verdadera comunión.

Frente a ese maravilloso cuadro, tomé mi rosario;

no es mi amuleto, sino mi compañero porque a través de rezarlo contemplo el amor de Dios.

Pero no recé,  solo adoré y me dejé envolver por Dios.

Agradecí por ese amanecer, sobre todo por haberme casi obligado a contemplarlo,

fue una clase magistral que recibí de las aves;

su incansable trabajo por mantener a sus familias y por construirles un hogar,

por alabar a Dios con sus cantos, por brindarnos toda

su cálida y musical compañía y les pedí perdón por ignorarlos casi siempre.

Un fuerte aleteo me distrajo, eran mis hermanitas palomas que,

como todos los días, llegaban y se acomodaban en sus lugares esperando el desayuno;

pacientemente esperaron a que yo terminara mi descanso y noté que se habían sumado otras.

¡Cada vez eran más!

Miraban dentro de la pieza y las más osadas casi entran,

entonces me preparé para empezar mi día, sonriendo y agradeciendo a Dios.

Quedé envuelta en el amor de Dios y

la maravilla de su Creación que me rodeaba, mientras las palomitas me  cantaban

todas juntas su “rucucu cucu”. Gracias, Dios mío.



¡Hasta la próxima!



sábado, 16 de mayo de 2026

Una Universidad Superior

 Escuchá la música aquí

"Hola, amigos. Hoy quisiera hablar de mis estudios, sobre todo de los estudios superiores; de los grandes maestros a cuyas cátedras tuve la gracia de asistir. He recibido clases magistrales sobre materias específicas, materias que solo se dictan en esa universidad. Son temas profundos que forman los pilares de cualquier profesión y forma de vida. Les adelanto los títulos de estos temas base. Esos profesores no hablan, muestran, y su transparencia produce escalofríos, porque es como estar frente a la materia misma salida de la abstracción. Esos temas son: inocencia,  lealtad, fidelidad, solidaridad, humildad, sencillez, trabajo, familia, resiliencia, libertad, alegría  e independencia. Y ahí me quedo, porque son conceptos universales y eternos, y la lista es muy larga. Les nombraré cátedra por cátedra, junto con la imagen de su titular ".

Empecemos.

***

Universidad superior

*Cátedras:

"Inocencia"

Titular:

"Lealtad"

Titular:
"Humildad"
Titular:


"Fidelidad"
Titular:


"Solidaridad"
Titular:

"Sencillez"
Titular:

"Trabajo"
Titular:
"Familia"
Titular:
"Resiliencia"
Titular:

"Libertad"
Titular:

"Independencia"
Titular:


"Alegría"
Titular:


Bueno, amigos, así llego al final de esta publicación. No me cabe la menor duda de que muchos coincidirán conmigo en que estos hermanos son grandes maestros, dignos de que nos dediquemos a explorarlos y conocerlos. Pensemos, por ejemplo, en la fidelidad del lobo a su pareja, en la resiliencia del cactus, en la tenacidad del girasol que no deja de mirar siempre a la luz y cuando esta falta se mira con sus pares,  o en la paciencia del burrito que recibe todas las discriminaciones... En fin, la Naturaleza ha sido y es, para mí, la mayor maestra de todas.

¡Hasta la próxima!"

***

lunes, 11 de mayo de 2026

La voz de la naturaleza y el legado de Axel Munthe

 

Es un placer encontrarme aquí con ustedes; hoy quiero mostrarles cómo se formó mi conexión con la naturaleza

Durante mi infancia, observé el amor y la compasión que tenían mi madre, mi padre

y todos mis hermanos mayores por los animales. Me crié frente a esos espejos.

También leí mucho a los poetas, ya que en aquellos tiempos no existían las redes ni el celular; la mayor distracción era la lectura. Así, Bécquer, Rubén Darío, Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez, entre otros, fueron cincelando mi alma y mis sentidos. Lentamente, empecé no solo a amar a la naturaleza, sino a sentirla como algo que me rodeaba y yo era parte de ella. Y un santo pequeñito de tamaño, pero un gigante al que llamaron "Espejo de Cristo", me enseñó a llamarla hermana, a sentirla hermana y a escucharla como si fuera parte de mi propia sangre: Francisco de Asís.

Pero hoy quiero dedicarle mi pluma a un autor que terminó de abrir mi puerta espiritual para mimetizarme con la Creación. Hablo de Axel Munthe y su libro "La historia de San       Michele".

Un médico entre la ciencia y el alma

Axel Munthe (1857-1949) fue un médico sueco de contrastes: atendía a la Reina de Suecia y a la alta sociedad de París, pero también se jugaba la vida con los pobres en las epidemias de cólera. Su vida cambió al enfrentarse a la "ciencia sin alma" del famoso Dr. Charcot en París, quien trataba a los enfermos mentales como objetos de exhibición. Munthe se rebeló: él sabía que al enfermo se lo sana con compasión, no con frío exhibicionismo.

Ese mismo amor lo llevó a la isla de Capri, donde recicló columnas antiguas y piedras rotas para construir su Villa San Michele sobre las ruinas del emperador Tiberio. Decía que su casa debía estar "abierta al sol, al viento y a la voz del mar".

El protector de los cielos

Su mayor acto de amor fue comprar el Monte Barbarossa solo para salvar a las aves migratorias de los cazadores. Guiado por el espíritu de San Francisco de Asís, Munthe entendió que en el final del camino no nos salvan los títulos, sino el haber protegido a "nuestros hermanos los pájaros". Además de su gran historia de San Michele, nos dejó sus relatos en "Vagaries" (Caprichos), donde la naturaleza siempre tiene la última palabra.

Les comparto algo del final de este libro "La historia de San Michelle", algo que atrapó casi toda mi juventud revoloteando como una mariposa en mi espíritu. 

Axel, cuando empieza a morir, tiene un largo y profundo diálogo con la muerte, a la que él no teme porque aprendió a llamarla hermana. Es un diálogo intenso del que rescato solo  un detalle que me causó mucha ternura: la actitud de Moisés al encontrarse con él.

Axel se encuentra en el cielo en medio de un juicio; comparto aquí algunos fragmentos de esta maravilla:

“Moisés se desplomó en su asiento y dejó caer sus Diez Mandamientos. [...] ‘¡Siempre él!’, el débil soñador con su bandada de pájaros y su séquito de mendigos y de proscritos. Tan frágil y, sin embargo, tan fuerte que sujeta Tu brazo vengador. [...] ¿No fue tu voz la que habló por mis Diez Mandamientos? ¿Quién temerá el relámpago de Tu rayo, oh Señor, si el gorjeo de un pájaro puede apagar el trueno de tu ira? 

Mi cabeza cayó en el hombro de San Francisco. Estaba muerto y no lo sabía.”

"El alma es más fuerte que el destino. No temas, que San Francisco intercederá por ti; él, que amaba a todas las criaturas de Dios", nos dice Munthe.

Mi reflexión final:

Escuchar a la naturaleza nos produce un silencio sanador; es el único idioma donde no existen las mentiras, donde reina la inocencia. Cuando nos detenemos a oír el aleteo de un ave o el susurro del viento entre las hojas, no estamos perdiendo el tiempo: estamos recuperando el alma. Sentarse a mirar una rosa y escucharla... les aseguro que es una sensación que no tiene comparación con nada humano.

En este mundo de ruidos mecánicos y prisas, volver a Munthe y a la mirada de San Francisco es volver a casa. Es recordar que somos parte de un todo y que, en esa conexión, reside nuestra verdadera salud. Y también, nuestra verdadera libertad.

Quedé pensando:

¿Qué podemos reconstruir que tengamos olvidado, para abrir las ventanas de nuestra alma , al sol, al viento y a las melodías del mar y de las aves?



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La Cueva franciscana: El detrás de escena de "Locura franciscana"

  Hola, amigos lectores: Hace unos días compartí con ustedes "Locura franciscana" y todavía tengo el corazón latiendo fuerte por l...