lunes, 25 de mayo de 2026

Locura Franciscana

 


¡Hola , amigos! Hoy quiero compartir algo de la locura franciscana y elegí un fragmento de una poesía que fue inspirada en la bellísima leyenda del lobo de Gubbio.

Antes, quiero hablar un poco de Francisco de Asís, conocido también como "el loco de Asís", "el Poverello" o "Espejo de Cristo", y para la Iglesia Católica, San Francisco de Asís. Yo me referiré a él como un hombre y como un verdadero hermano, por fuera de todo credo. No quiero subestimar el conocimiento de los lectores, ya que quién más, quién menos, todos conocen su biografía o, por lo menos, habrán visto alguna de sus tantas películas; convengamos en que es un personaje conocido en todo el universo.

Al recorrer su vida, no puedo evitar entrar en su órbita y comenzar a amar. ¿Qué cosa? Todo. Absolutamente todo lo que forma parte de la naturaleza.

Lo más sobresaliente es que Francisco fue un joven descarriado: ostentoso, derrochador, nochero, pandillero, juglar... un loco que no soportaba a los leprosos y vivía de fiesta en fiesta. Sin embargo, siempre rescato dos virtudes de él, aun en los tiempos en que vivía al margen de Dios: una natural y poderosa alegría, y su prodigalidad. Virtudes que, en ese entonces, estaban muy desordenadas porque él vivía para afuera.

Cuentan sus biógrafos que su alegría permanente ya asustaba en la cárcel. Cuando fue tomado prisionero en la guerra, sus amigos no podían creer el derroche de alegría de este joven estando en una situación donde ni siquiera sabían cuál sería su final. Incluso cuando estaba agonizando, él cantaba y cantaba, de manera tal que los que lo rodeaban le dijeron que no era bien visto que una persona tan grave cantara. Bueno, esa era “teóricamente” la voz del mundo normal; pero Francisco ya no pertenecía a ese mundo, por eso lo llamaron loco.

Era terriblemente ambicioso. ¿De dinero? No, porque venía de una familia adinerada. Francisco ambicionaba la gloria: convertirse en caballero, ese era su sueño.

Hasta que una noche en Spoleto, cuando iba con todos los atavíos de un gran guerrero, con escudo y banderas hacia la guerra, algo le pasó. Sus biógrafos dicen que pudo haber sido un sueño; personalmente creo, sin lugar a dudas, que fue una locución divina o una visión, porque Francisco ya no fue nunca más el mismo. Un joven en su plenitud no sufre, por ningún motivo, un cambio tan potente que haga que su vida dé un giro copernicano.

Entró en un estado en el que yo misma entro cuando lo estudio: el de fijar los ojos en lugares que diariamente ignoramos. Descubrió que existe todo un mundo que nos espera, que nos habla, que nos canta, que llora, que ríe, que sufre, que gime, que brama: la hermana naturaleza.

La conversión de Francisco no fue de un día para otro. Imaginemos una escultura de Miguel Ángel que van descubriendo, un día una parte, otro día otra, hasta descubrirla entera. Así sucedió con él: un día se anonadó ante el sol, la luna y todos los astros; luego contempló la noche y ese cielo bordado tan divinamente; recorrió los bosques, disfrutó el oxígeno, se maravilló ante la pureza del agua, la grandeza de un gusanito —el más pequeñito— y el más sutil yuyito...

Miren, escribo esto y me lleno de emoción, porque personalmente Francisco me enseñó a contemplar el divino regalo que Dios hizo al hombre: nuestro planeta.

Finalmente, Francisco se arrodilló ante los leprosos y lloró intensamente al escucharlos. ¿Se imaginan que lloró ante sus discapacidades? No. Francisco lloró por su pasado, por los días en que se tapaba la nariz al pasar cerca de un leproso o cuando los esquivaba. Así fue tocado Francisco, quien vagó mucho tiempo solo por el bosque observando las maravillas de la creación.

Desde esta perspectiva entenderemos, entonces, la poesía que les voy a compartir. No se llega a ese nivel de amor, empatía y profundidad ante un lobo feroz —o ante un delincuente feroz— sin antes haber recorrido este camino.

***



Los motivos del lobo (Fragmento)

(De Rubén Darío)

El varón de Asís miró al animal y cerca de él se sintió paternal;

habló al feroz de la casta maldita:

—"Es verdad que eres una fiera maldita, pero en tu corazón hay una chispa divina.

Ven conmigo a la aldea, donde la fe ilumina..."

(...)

Pero el hombre volvió a su antigua maldad,

y el lobo, espantado de tanta crueldad,

dejó la aldea y corrió a la montaña.

Francisco lo buscó en su humilde cabaña y al verlo de nuevo en su monte sombrío, le dijo:

—"¿Por qué has vuelto al bosque, lobo mío?"

Y el lobo, llorando, le dijo:

—"Hermano, en el pueblo el hombre es peor que el villano. Roban, matan, mienten, infunden el miedo, yo en el bosque solo por instinto muerdo. ¿Por qué te volviste lobo?, me preguntas hoy... ¡Porque entre los hombres más seguro estoy!"

***


Aquel amanecer
(de Ana María Pereyra)


A veces me duermo tarde, casi cuando comienzan a cantar los ruiseñores. Creo que son parecidos en sus rutinas a los que nosotros, en Argentina, llamamos zorzales. Tengo entendido que el único pájaro que canta de noche es el ruiseñor, que en mi país no hay. Sin embargo, mis amigos zorzales empiezan a cantar indefectiblemente a las tres de la mañana, casi a la misma hora en que los frailes y los monjes entonan himnos de alabanza al Creador. Alguien dijo: “Amanece que no es poco”. 


Cierta noche, el insomnio fue el resultado de mis intentos de ordenar las ideas

para la intensa actividad apostólica que realizaba; entonces recordé esa frase,

dado que eran las cuatro y treinta de la mañana y aún no había podido dormir. Dios,

como siempre, deslumbra, y agradezco mi desvelo porque tuve el privilegio de

presenciar algo grandioso.

Los zorzales parecían haberse dado cita en los cuatro puntos cardinales,

ealmente anunciaban “maitines”. En ese entonces, vivía en una casa

ue tenía una piecita en la terraza a la que yo llamaba “mi Carmelo”;

allí había instalado una camita, una pequeña mesa donde escribía, una silla,

un mueble de caña que hacía de biblioteca, otra biblioteca muy viejita,

un ropero antiguo donde guardaba solo mis papeles y un mueble más pequeño para mi ropa.

Había colocado la mesita frente a la ventana

donde podía ver las copas de los árboles y algunos edificios muy altos,

aunque en mi pueblito no abundaban.

Generalmente, mis perritos y mi gato subían para estar conmigo; realmente era mi pequeño paraíso.

Saliendo de la pieza había una terracita techada que hacía de pequeño patio,

allí había colocado unos sillones de hierro muy viejitos y desbordaba de plantas:

muchos malvones, helechos colgantes, azaleas y, como es mi costumbre,

tenía un jazmín de flores celestes que amo y nunca me falta allí donde me toque vivir.

Había crecido casi como un árbol en un macetón

y un pícaro matrimonio de colibríes se había instalado allí y permanecían escondidos siempre;

a un costado, tres escalones llevaban a la terraza grande.

Como dije, esa noche no podía dormir.

Los zorzales entonaban sus más solemnes gorjeos, unos empezaban y luego callaban,

entonces otros ubicados frente a ellos contestaban.

Aún era de noche, las melodías de aquellas aves parecían los cantos gregorianos

que los monjes entonaban a dos coros.

Era algo hecho de prestar nada más que un poco de atención,

nunca tenía tiempo para observarlos.

Y realmente es tan maravillosa la Creación que

si nos tomamos de tanto en tanto espacios para contemplarla,

parece que Dios nos habla a través de sus criaturas.

Además, tenemos tanto que aprender de los animalitos

que nos perdemos esas cátedras por estar enroscados en nosotros mismos.

A medida que amanecía, se iban sumando las actividades de otras aves.

Los pájaros hacían tal bochinche, que salí para mirarlos,

porque parecía verdaderamente como un tráfico en la calle.

Cuando me asomé, me increparon los colibríes,

me advirtieron que no me acercara a su nido y

que no querían ser interrumpidos en su alabanza matutina al Creador,

me enfrentaron de una manera bastante fea; ¡tan chiquititos!

En cámara lenta entré a mi cuarto y me quedé quieta y en silencio,

comprendí a todos y traté de no contaminar ese celestial coloquio.

Me senté frente a la ventana y observé el regalo que esa mañana Dios me obsequiaba,

solo contemplé.

Zorzales, gorriones, tacuaritas, calandrias y ¡hasta loritos!

Los colibríes estaban también en esta actividad.

Como dije, en mi pueblito los edificios altos eran muy pocos y estaban en el centro.

De manera que desde mi terraza veía muy bien el espacio aéreo que tenía frente a mi ventana.

Todos volaban de un lado a otro,

las sendas que dibujaban en lo alto eran distintas a nuestras calles y caminos. ¡Tanto apuro!

¿Por qué corrían de esa manera? Preparando sus nidos, buscando alimento,

atendiendo a sus pichones, todo eso a toda velocidad.

Creaban un tráfico intenso. Unos se metían en la terracita y tomaban semillas de mis plantas,

otros pasaban volando con pajitas en sus picos. Los loros pasaban rápido y hablando entre ellos.

Como magistralmente lo entendió el poeta, lo tomo de él para repetirlo:

“Parecían ir gritando: «creo, creo, creo»”.

Un poco más alejadas, había palomas que observaban todo y

estaban muy quietas y en silencio; eran mis treinta amigas

que más tarde se acercarían a recibir el desayuno que les ofrecía todas las mañanas.

Muchos se perdían en el follaje de los árboles llevando alimento a sus pichones en sus nidos.

Mientras tanto, esos pichoncitos sumaban sus sonidos al coro,

pidiendo así el alimento a sus padres.

Hasta ahí, parecía una orquesta donde todos los músicos probaban y

ensayaban sus obras antes de comenzar la función. Tal cual.

Ante ese espectáculo, Dios me llevó a la siguiente reflexión:

pensé entonces que el planeta es de todos y

estos hermanos son tan dueños de él como los humanos,

entonces, ¿por qué el ser humano mata por placer a tantas aves?

No entiendo a los cazadores. En realidad, cuando se caza por necesidad

sí estamos dentro del plan de Dios, pero cuando se hace por deporte o entretenimiento…

¿Cuál es el derecho? O mejor dicho, ¿puede el derecho permitir matar por hobby?

¿No es incompatible?  Muchas veces cuido de no pisar hormiguitas porque,

generalmente, están trabajando o buscando su sustento.

Es cierto que el Altísimo le dio al hombre las llaves de la tierra,

pero no por eso tiene permiso para matar por placer y ejercer daño a Su Creación;

porque de Dios solo emana el Bien, el himno dice:

“que Dios no se arrepienta de haberle dado al hombre las llaves de la tierra”.

En ese amanecer medité muchísimo y pensé en la Creación que esa madrugada parecía hablarme.

Estaba recibiendo pedagogía divina.

De pronto, solo quedó un maravilloso coro y

lentamente fueron callando los otros sonidos.

Iba desapareciendo también el ruidoso tráfico

y cada uno se retiró hacia su nido o a volar por allí, pero todo se acomodaba nuevamente.

Mientras tanto, en lo alto y muy escondidos,

cantaban los solistas y un coro les  contestaba a los que permanecían invisibles a mis ojos,

eran los que cantaban solos y en ramas muy altas. Parecían realmente letanías.

Los árboles acompañaban con un suave movimiento producido por la brisa matinal,

parecía un original ballet o, quizás, ¿sería la propia música inaccesible para nosotros?

Dios me llevó a recordar el vaivén de las olas que también lo alaban de esa forma.

Tímidamente, asomaba la aurora sumando sus primeros rayos a todo ese maravilloso mundo,

preparando el camino para el hermano sol que

ya despertaba aportando su calor y tiñendo delicadamente la copa de los árboles.

Presenciaba una verdadera comunión.

Frente a ese maravilloso cuadro, tomé mi rosario;

no es mi amuleto, sino mi compañero porque a través de rezarlo contemplo el amor de Dios.

Pero no recé,  solo adoré y me dejé envolver por Dios.

Agradecí por ese amanecer, sobre todo por haberme casi obligado a contemplarlo,

fue una clase magistral que recibí de las aves;

su incansable trabajo por mantener a sus familias y por construirles un hogar,

por alabar a Dios con sus cantos, por brindarnos toda

su cálida y musical compañía y les pedí perdón por ignorarlos casi siempre.

Un fuerte aleteo me distrajo, eran mis hermanitas palomas que,

como todos los días, llegaban y se acomodaban en sus lugares esperando el desayuno;

pacientemente esperaron a que yo terminara mi descanso y noté que se habían sumado otras.

¡Cada vez eran más!

Miraban dentro de la pieza y las más osadas casi entran,

entonces me preparé para empezar mi día, sonriendo y agradeciendo a Dios.

Quedé envuelta en el amor de Dios y

la maravilla de su Creación que me rodeaba, mientras las palomitas me  cantaban

todas juntas su “rucucu cucu”. Gracias, Dios mío.



¡Hasta la próxima!



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