lunes, 11 de mayo de 2026

La voz de la naturaleza y el legado de Axel Munthe

 

Es un placer encontrarme aquí con ustedes; hoy quiero mostrarles cómo se formó mi conexión con la naturaleza

Durante mi infancia, observé el amor y la compasión que tenían mi madre, mi padre

y todos mis hermanos mayores por los animales. Me crié frente a esos espejos.

También leí mucho a los poetas, ya que en aquellos tiempos no existían las redes ni el celular; la mayor distracción era la lectura. Así, Bécquer, Rubén Darío, Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez, entre otros, fueron cincelando mi alma y mis sentidos. Lentamente, empecé no solo a amar a la naturaleza, sino a sentirla como algo que me rodeaba y yo era parte de ella. Y un santo pequeñito de tamaño, pero un gigante al que llamaron "Espejo de Cristo", me enseñó a llamarla hermana, a sentirla hermana y a escucharla como si fuera parte de mi propia sangre: Francisco de Asís.

Pero hoy quiero dedicarle mi pluma a un autor que terminó de abrir mi puerta espiritual para mimetizarme con la Creación. Hablo de Axel Munthe y su libro "La historia de San       Michele".

Un médico entre la ciencia y el alma

Axel Munthe (1857-1949) fue un médico sueco de contrastes: atendía a la Reina de Suecia y a la alta sociedad de París, pero también se jugaba la vida con los pobres en las epidemias de cólera. Su vida cambió al enfrentarse a la "ciencia sin alma" del famoso Dr. Charcot en París, quien trataba a los enfermos mentales como objetos de exhibición. Munthe se rebeló: él sabía que al enfermo se lo sana con compasión, no con frío exhibicionismo.

Ese mismo amor lo llevó a la isla de Capri, donde recicló columnas antiguas y piedras rotas para construir su Villa San Michele sobre las ruinas del emperador Tiberio. Decía que su casa debía estar "abierta al sol, al viento y a la voz del mar".

El protector de los cielos

Su mayor acto de amor fue comprar el Monte Barbarossa solo para salvar a las aves migratorias de los cazadores. Guiado por el espíritu de San Francisco de Asís, Munthe entendió que en el final del camino no nos salvan los títulos, sino el haber protegido a "nuestros hermanos los pájaros". Además de su gran historia de San Michele, nos dejó sus relatos en "Vagaries" (Caprichos), donde la naturaleza siempre tiene la última palabra.

Les comparto algo del final de este libro "La historia de San Michelle", algo que atrapó casi toda mi juventud revoloteando como una mariposa en mi espíritu. 

Axel, cuando empieza a morir, tiene un largo y profundo diálogo con la muerte, a la que él no teme porque aprendió a llamarla hermana. Es un diálogo intenso del que rescato solo  un detalle que me causó mucha ternura: la actitud de Moisés al encontrarse con él.

Axel se encuentra en el cielo en medio de un juicio; comparto aquí algunos fragmentos de esta maravilla:

“Moisés se desplomó en su asiento y dejó caer sus Diez Mandamientos. [...] ‘¡Siempre él!’, el débil soñador con su bandada de pájaros y su séquito de mendigos y de proscritos. Tan frágil y, sin embargo, tan fuerte que sujeta Tu brazo vengador. [...] ¿No fue tu voz la que habló por mis Diez Mandamientos? ¿Quién temerá el relámpago de Tu rayo, oh Señor, si el gorjeo de un pájaro puede apagar el trueno de tu ira? 

Mi cabeza cayó en el hombro de San Francisco. Estaba muerto y no lo sabía.”

"El alma es más fuerte que el destino. No temas, que San Francisco intercederá por ti; él, que amaba a todas las criaturas de Dios", nos dice Munthe.

Mi reflexión final:

Escuchar a la naturaleza nos produce un silencio sanador; es el único idioma donde no existen las mentiras, donde reina la inocencia. Cuando nos detenemos a oír el aleteo de un ave o el susurro del viento entre las hojas, no estamos perdiendo el tiempo: estamos recuperando el alma. Sentarse a mirar una rosa y escucharla... les aseguro que es una sensación que no tiene comparación con nada humano.

En este mundo de ruidos mecánicos y prisas, volver a Munthe y a la mirada de San Francisco es volver a casa. Es recordar que somos parte de un todo y que, en esa conexión, reside nuestra verdadera salud. Y también, nuestra verdadera libertad.

Quedé pensando:

¿Qué podemos reconstruir que tengamos olvidado, para abrir las ventanas de nuestra alma , al sol, al viento y a las melodías del mar y de las aves?



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