Por Ana María Pereyra
Hoy, un nuevo 6 de abril, el silencio se llena de recuerdos. Han pasado los años, pero aquel día y nuestra inocente y dulce despedida, el día 3 de abril, siguen intactos en mi corazón.
Quiero contarles quién fue Domingo Ramón Redelico, no solo como el piloto que admiraron, sino como el hombre que elegí para caminar la vida. "Tito", así lo llamaban la mayoría, él desafiaba la velocidad y desafiaba al destino con una nobleza que pocos conocíeron. Antes de ingresar al TC, ya era una leyenda sobre dos ruedas. Su trayectoria como Multicampeón Nacional de Motociclismo lo precedía; un deportista de élite que dominaba las pistas con una valentía que pocos igualaban.
Durante el desarrollo de la prueba su manejo fue impecable, manteniendo un ritmo que asombraba a los cronometristas de la época. El accidente en la Vuelta de Allen no fue el fin, sino el comienzo de su leyenda. Las revistas Corsa y Automundo destacaron no solo su pericia técnica, sino su calidad humana, esa que lo hacía ser admirado por el público, respetado por rivales e idolatrado por mí.
Domingo Ramón Redelico, hijo de calabreses, no fue solo un piloto-mecánico; fue un embajador del deporte argentino. Yo lo recuerdo como el hombre que nunca dejó de ser niño, mi compinche, dueño de una transparencia y ternura increíbles. A pesar de ser mecánico, era un autodidacta:e intelectual; tocaba el piano y la guitarra de oído, poseía una sólida cultura y era un eminente lector. Ejercía un liderazgo natural y era cómico y juguetón como solo él sabía serlo.
Les cuento una anécdota: un día viajamos a Mendoza para una carrera. En el pasillo central del micro, Tito no se cansó de bailar la tarantela; todos los corredores comenzaron a seguirlo mientras los demás hacíamos palmas. Durante nuestra vida matrimonial todo era alegría. La felicidad espanta a quienes eligen las sombras; por eso nos decían que no era normal divertirse tanto. Atravesamos también grandes tormentas, pero el amor vencía a cada una. Tito fue mi compañero leal y el padre que mi hija merecía.
Se entregó por completo a la pasión del TC; él mismo preparó el Torino con el que debutó. Aunque su actuación haya sido breve. Fue un deportista íntegro, capaz de perder un campeonato para ayudar con un problema mecánico a sus colegas, incluso sus propios rivales. Humilde, carismático y disciplinado, aplicaba en todo su frase de cabecera: “Llegar a la meta”.
Su estrategia eran las curvas: me decía que donde todos frenaban, él aceleraba. Cuando corría en el Autódromo Nacional, yo saltaba entre boxes y tribunas con una mezcla de emoción y miedo. Era un apasionado de su métier. Lo llamaban un verdadero "demonio" en las pistas... y a la vez, era la dulzura hecha hombre, envuelto en una paz envidiable. Confieso que me preparó a su medida: sus planes incluían capacitarme para ser su copiloto.
Resultó ser que él me preparaba para la tierra y yo lo preparaba para el cielo
Pero Dios tenía preparada para él una meta distinta, una pista de luz donde no hay accidentes ni olvido. Hoy les comparto estas fotos entre mis clásicas lágrimas; un llanto de orgullo y agradecimiento por haber sido su otra gran pasión junto a la velocidad. Reafirmo mi orgullo de haber sido su esposa. Nadie pudo quitarme la gloria de su nombre ni la paz de haber cuidado su legado



Sin dudas nos llena de orgullo a las dos. Hermoso y muy emotivo tu post.
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