¿Qué harías si el amor de tu vida te deja sin alma?
Dicen que el amor verdadero no tiene su origen en los sentidos, y esta es la prueba.
Hoy quiero compartirles la historia de mi primer encuentro con Titino, mi gran amor, un momento tan breve como eterno que me obligó a cuestionar si realmente somos dueños de nuestras emociones. Este relato no habla de un primer beso, sino de la mirada que partió mi ser en dos: un cuerpo que temblaba de miedo y mi alma que, sin pedir permiso, decidió volar hasta el infinito con la de él.
Me gustaría que me acompañen en este viaje donde la felicidad da pánico y que me digan al final: ¿Por qué no me fui con ellos?
"Ahí estábamos, recién presentados por alguien o nadie, no sé, no recuerdo, no vi nada más. Algo me invadía desde los pies hasta la cabeza: sus ojos, que me desnudaban y yo no lo impedía.
Entendí, sin embargo, que mi cuerpo tembloroso no era el destino de su mirada. Esta se dirigió sin ningún permiso a mi alma, y tuvo el poder de abrirla. Creo que pasó lo mismo en la suya. Ambas puertas se abrieron. En la mía solo rodeaba la puerta el temor. ¿A qué? Nunca lo supe o no lo quise saber, solo lo descubrí cuando él me confesó que lo más atractivo que sintió fue mi temblor en sus brazos. Bah, fue miedo, pero ¿a qué? A la felicidad plena. Eso me asustó siempre y me aterra ahora. El tema fue que mi alma, sin reparar, se enfrentó conmigo, voló y entró decididamente en su alma.
Mientras tanto, paralizada, seguía a mi alma, que comenzó a dibujar en el cielo un circuito como una pista de carrera, casi invisible, que solo nosotros veíamos. Nuevos aires, nuevas fragancias, nuevas flores. Todo era distinto. A esta altura, yo seguía sosteniendo su mirada, pero mi alma viajaba muy, muy alto. Supongo que a él le pasaba lo mismo; permanecía rígida y los dos estábamos sin alma.
Comencé a estirar primero tímidamente mis temerosos brazos, pero él me atrajo dulcemente. No me negué; lo abracé. Iba a decir que lo abracé con el alma, pero mi alma ya se había abrazado a la suya. Lo abracé con todo lo que quedaba de mí, sin parar de temblar, y sentí que me invitaba a volar junto a él. Mientras yo pensaba, acurrucada en sus brazos: “Todo esto hubiera perdido si le hacía caso a mis miedos”, me aferré bien fuerte a sus brazos, permití que me besara miles de veces, y volamos no sé adónde, pero no quisimos volver; era demasiado divino.
Pero mi alma fue más allá y, sin ningún permiso, volaba y volaba junto a su alma, mientras yo permanecía paralizada, cautiva de una mirada y dentro de sus brazos, pero a su vez también volaba con mis ojos navegando en los suyos. Dios, qué grande es el poder del verdadero amor.
Una voz me gritó:
– ¡Mírala, ya está por entrar de donde no se vuelve, Ana, mira a tu alma qué lejos está llegando! – No sé quién me hablaba.
– ¿Cómo hago yo? ¿La sigo? – pregunté no sé a quién. Entonces habló mi hombre y me dijo:
– Me voy, mi amor, quiero llevarte conmigo. Ya te robé tu alma, ahora es mía para siempre. Ya no te la devuelvo.
– ¡Sí, Anita, atrévete y entra! Mira que esto se dará una sola vez en la vida. El amor te buscó, ustedes fueron los elegidos. ¡Dale, corré, Anita, descubrirás la felicidad! ¡Vamos a correr, Anita! – sentí que mi alma de lejos me llamaba.
– ¿Cómo volver? – y nadie me contestó. – ¿Alguien me puede contestar? ¿Cómo se llama ese viaje? ¡Por favor, díganme algo! Y otra vez sonó la voz: – ¡El viaje se llama AMOR! – ¿Volverá mi alma? – No, Ana, lo siento, tu alma no vuelve más.
Miré mi alma, ya muy lejos junto a su alma, mientras él me miró hasta el infinito, me soltó de su brazo y lo vi perderse entre las nubes, abrazado a mi alma, y los dos ya no volvieron más. Me quedé con el recuerdo de su mirada dentro de mí y sin alma. Todo empezó con una mirada y terminó en el paraíso. ¿Por qué no me fui con ellos?
ANITA 10-11-24

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